Hace ya casi 23 años la caída del Muro de Berlín, y con él de lo que era conocido como el “mundo comunista”, pareció anunciar el advenimiento de una nueva era de fortalecimiento del sistema democrático. Había tantas expectativas que, de hecho, no faltaron los apresurados que anunciaron no sólo el fin de todas las tendencias sociales sino hasta el fin de la historia y la entronización definitiva del modelo neoliberal.
Y sin embargo, las cosas no fueron tan simples. Como respuesta a ese aparente ambiente de unanimidad, surgió, primero, lo que se dio en llamar “la tercera vía”, una “novedosa” alternativa, se dijo, al capitalismo y al comunismo que, más allá de las esperanzas y de un libro sonadísimo, poco fue lo que realmente aportó. Luego de eso vino la rectificación del neoliberalismo encabezada por Barack Obama desde el momento en que inició su presidencia y adoptada, al menos discursivamente, por los promotores del foro de Davos con sus reiterados llamados a “refundar” el capitalismo. Y no nada más porque sí sino porque el modelito simplemente no da para más.
Nosotros vivimos la euforia neoliberal en la década de los 90, y nos subimos a ese barco gracias a la alianza del PAN y el PRI, por lo que seguimos atorados en él. Lo malo es que si bien se le disfrazó como una posibilidad de “modernizar” y “reformar” al país, ni terminó con los vicios del populismo ni tampoco modificó el aparato y las maneras del viejo régimen.
Para empezar, su principal impulsor Carlos Salinas nos lo trató de presentar como una especie de continuidad histórica, “liberalismo social” lo llamó adoptando la tesis de Jesús Reyes Heroles, exactamente la misma que había servido para justificar al echeverriísmo; así que si bien representó una cierta apertura de algunos horizontes hasta entonces vedados, lo cierto es que acabó sucumbiendo a la demagogia y a la corrupción. Y tánto, que en nuestro país el neoliberalismo se convirtió en la estrategia de los rescoldos del estatismo y el autoritarismo para retrasar el régimen de la libertad y de la verdadera democracia.
Lo que pasó fue que la Revolución Mexicana, originalmente liberal y democrática pero además social, se volvió pragmática; los revolucionarios olvidaron sus orígenes o los desviaron y echaron mano de cuanta etiqueta se les ocurrió para encubrir su único empeño e interés: conservar el poder. Así fue que igual que en un principio usaron modelos socialistas para trastocar la idea primigenia del ejido, por ejemplo, años después recurrieron a modelos más bien identificados con el capitalismo para dar marcha atrás; y en el camino, no les resolvieron sus problemas a los campesinos pero, eso sí, los convirtieron en carne de mítines y elecciones. Y lo mismo con los obreros.
Y la idea plasmada y defendida en el Constituyente de 17 de un Estado benefactor, promotor de la justicia social, acabó desvirtuándose para dar paso a una gran empresa en la que los únicos privilegiados han sido los gobernantes y sus parientes, amigos y socios. Y hasta la idea de la creación de un partido que fuera abanderado y defensor del pueblo y baluarte de todos esos principios, acabó en la creación de un partido dogmático, corporativo, burocratizado, un partido de títeres con todas las características de un “partido de Estado” -no por nada el principal artífice del PRI fue Vicente Lombardo Toledano- que lo más lamentable es que hoy se reproduce como la Medusa en casi todos los partidos, en un régimen suplantador de la voluntad ciudadana, como una suerte de maldición de la que no podemos escapar.
Hay un discurso emblemático acerca de esto. Lo pronunció Francisco J. Múgica el 7 de octubre de 1951 en el Teatro Abreu, en un mitin henriquista durante la campaña presidencial de aquél año. La Constitución -denunció ahí-, a fuerza de tantas reformas “torpes”, se ha convertido en un “panfleto lleno de contradicciones y falacias”; el Congreso “ya no legisla, no existe”, y los gobiernos se olvidaron “de trabajar por el mejoramiento del pueblo y defender la bandera de la independencia del país”.
Estas palabras se pronunciaron hace más de 60 años y el hecho es que, a pesar de que el PAN desplazó al PRI en la presidencia, nada de eso ha cambiado y todavía estamos en la tarea de derrumbar muchos vicios y falsos paradigmas. Y no hablo, que conste, de renegar de la Revolución sino exactamente de lo contrario, de asumir las lecciones de nuestra historia para abrir una nueva página, sin prejuicios pero sobre todo sin omisión de lo que nos han escamoteado, de todo aquello que nos ha sido saboteado por los malos gobernantes, pues mucho de lo que hemos logrado, si no cuaja, si no se consolida, corre el riesgo de perderse o peor, de revertirse.
Ahora mismo, por ejemplo, ya hay quien se atreve a proclamar sin el menor rubor que “estábamos mejor antes” y que lo único que necesitamos para estar bien es “volver al paraíso priísta”, a los modos de los Díaz Ordaz, los Alemán y los Echeverría, que ahora resulta que no estaban tan errados, por lo que “el verdadero problema” han sido los panistas y su forma de gobernar. Esta peligrosa confusión que no toma en cuenta que unos y otros son lo mismo, que aquí ningún gobierno -al menos de los últimos 50 años- fueron ni liberales ni demócratas pero tampoco revolucionarios, nos está llevando peligrosamente a un camino sin salida.
Es un camino sin salida porque, a pesar de que si algo necesita este país es democracia, resulta que ahora, con el espantajo del regreso del PRI, los panistas afianzan sus redes de manipulación para asegurar la continuidad de sus gobiernos, y con el espantajo de los malos gobiernos del PAN los priístas igual, velan sus armas para recuperar el poder al costo que sea. Lo peor es que, si acaso con matices, pero unos y otros prometen lo mismo: el gobierno del pragmatismo, la mezcla perfecta de clientelismo con control político, en síntesis intensificar el paternalismo (que se quiere vestir ahora de maternalismo) y mantener intacto el populismo y el estatismo que ya hemos tenido, y no precisamente para ayudar a los pobres sino para favorecer a los ricos; pues en realidad no se trata sino de mantener lo que hemos tenido por más de 70 años. Incluso a pesar de que ya ha demostrado su fracaso en todo el mundo, y en todos los países que lo adoptaron hace tiempo que se vivieron sus exequias.
Poco antes de la campaña del 52, cuando Lázaro Cárdenas, preocupado por la tendencia contrarrevolucionaria de los gobiernos que le sucedieron empujó a Miguel Henríquez a la oposición, le dijo a éste, sus palabras textuales de acuerdo con la versión que ofrece en sus Apuntes fueron: “A la representación nacional sólo se llega por uno de dos caminos, por voluntad unánime del pueblo a tal grado que el gobierno se vea obligado a reconocer el triunfo, o cuando el gobierno simpatiza con la candidatura en juego”. Cárdenas sabía que el apoyo del gobierno obra “milagros”: compra voluntades y construye escenarios, aparenta apoyos -hoy se diría que compra encuestas-, y tiene la ventaja hasta de usar selectivamente la justicia para inclinar la balanza a favor de sus candidatos. Si lo hizo Benito Juárez, si lo hizo Porfirio Díaz y hasta el propio Madero, ¿qué se puede esperar?
Es decir, que en México el reto, para todo aquél que busca el poder sin el padrinazgo del poder, por medios exclusivamente democráticos, es organizar una amplia base social para votar y para defender el voto, tan amplia y contundente que el aparato del gobierno y quienes son sus beneficiarios se vean imposibilitados de cerrarle el paso.
Es 2012 y estamos en una situación límite: escudados en el poder federal, los panistas se aprestan a repetir su “hazaña” del 2006 para quedarse por tercera vez con la presidencia. Y arropados en el nada despreciable poder de sus gobernadores, los priístas arman su ofensiva para recuperar la presidencia.
Sin gobernadores que aporten recursos y aparatos, y sin el respaldo por supuesto del gobierno federal, AMLO trabaja por acreditar aquello que planteaba Cárdenas en 1952: que con respaldo popular suficiente y con una organización ciudadana real (MORENA) es posible ganarle la presidencia al PRI y al PAN. Una apuesta arriesgada, toda vez que en la propia izquierda hay pragmáticos que están pensando en otra cosa, que más que votos lo que necesitan es un pacto con el poder y no enojar a la “mayoría conservadora” que, según ellos, decide la elección presidencial… exactamente como se ganaron las alianzas PAN-PRD en varios estados.
Sólo que ahora es otra cosa. Es la apuesta por el voto. Ni más pero ni menos que eso. ¿Se podrá esta vez?
Publicado en Unomasuno el 28 de febrero de 2012.
miércoles, 11 de abril de 2012
DEMOCRACIA MAS COSTOSA, ¿MAS EFECTIVA?
Decía en colaboración anterior que algo muy lamentable es que, pesar de la alternancia, las elecciones en los tiempos de la derecha no han dejado de ser motivo de dudas y que este 2012, con las nuevas leyes, no promete mucho.
Es que se creyó, porque así se dijo entre otras cosas, que la reforma electoral aprobada en 2008 haría supuestamente menos onerosas las campañas, que reduciría el costo de la democracia y a la vez la haría más confiable, pero resulta que, aún con todas las restricciones y prevenciones, apenas si se podrá reducir en un 10 % el total de los recursos destinados a las elecciones de este año y lo peor es que, vista ya en la práctica, las supuestas restricciones que impone (a las coaliciones por ejemplo, a los tiempos de precampaña y precampaña y a lo que se llama “período intercampañas” sobre todo) para nada garantizan una mejor práctica democrática.
Una de las cosas que se dijeron para argumentar las reformas al COFIPE, hace 4 años, es que se habían realizado con el objetivo de “garantizar la equidad y la disminución en los costos de la democracia”, y sin embargo en este año el IFE recibió un presupuesto de 10 mil 499 millones de pesos, de los cuales más de 4 mil millones son para pagar sueldos de las más de 132 mil plazas que tiene el instituto, mientras que los partidos políticos recibirán para sostenimiento de sus actividades “ordinarias” menos que eso, 3 mil 361 millones de pesos. Y algo muy lamentable es la inequidad en los montos, que se traduce evidentemente en inequidad en la competencia. De los 3 mil 361 millones 120 mil 841 pesos, el PRI será el que reciba la mayor parte: mil 74 millones 539 mil 708 pesos con siete centavos. Al PAN le fueron asignados 849 millones 568 mil 327 pesos con 89 centavos, mientras que al PRD le corresponde casi la mitad del PAN, 451 millones 490 mil 727 pesos con 45 centavos, y al PT mucho menos, 236 millones 196 mil 279 pesos con 70 centavos.
Esto por no hablar de una realidad que nadie ha querido corregir, a pesar de las evidencias en contra: la “espotización” de nuestra democracia, con el riesgo de que el spot acabe siendo este año, y no el debate de ideas, el gran elector de los comicios. Sólo para ejemplificarlo basta decir que en 2012 los ciudadanos estarán expuestos a más de 5 millones de minutos de promocionales, alrededor de 3 mil % más que en 2006. Se argumenta a favor de esta medida que reduce los gastos de los partidos y socava el control de los medios electrónicos; y sin embargo es sólo apariencia puesto que las televisoras, sobre todo, han encontrado la manera de rebasar las limitaciones, así que es falso que elimina la injerencia de los medios y mucho menos que reduce la inequidad sino antes bien hace más truculento el trato de candidatos y partidos con los medios.
De acuerdo con el propio IFE, en las pasadas elecciones presidenciales el PAN tuvo 70 mil 764 minutos en radio y 16 mil 90 en televisión. En 2012 dispondrá de 1 millón 471 mil minutos en radio y 525 mil 400 en televisión, es decir, tendrá un incremento de 2 mil y 3 mil por ciento, respectivamente.
En 2006, el PRI y el PVEM formaron la Alianza por México y tuvieron 50 mil 501 minutos en radio y 29 mil 282 en televisión. En 2012, sólo el tricolor va a tener 1 millón 29 mil 140 minutos en radio y 367 mil 550 en televisión; es decir, un aumento de 2 mil y 1 mil ciento, respectivamente.
Asimismo, en 2006 el PRD, el PT y Convergencia (hoy Movimiento Ciudadano) crearon la Coalición por el Bien de Todos y tuvieron 11 mil 457 minutos en radio y 5 mil 228 en televisión. En 2012, tan sólo el PRD tendrá 940 mil 380 minutos en radio y 335 mil 850 minutos en televisión. La variación es de 8 mil y 6 mil por ciento.
¡Y a pesar de todas las geniales prevenciones de los autores de este engendro resulta que sólo para gastos de campaña los partidos gastarán adicionalmente mil 680 millones 560 mil 420 pesos 78 centavos, es decir que se gastarán casi 19 millones de pesos al día! Lo que resulta aún más absurdo si consideramos, otra vez, el tema de la inequidad que marca, por así decirlo, la efectividad y alcances de cada partido: de ese total, al PRI le corresponderán 537 millones 269 mil 854.03 y al PAN, 424 millones 784 mil 163.94 pesos, mientras que para el PRD serán 225 millones 745 mil 363.72; para el PT, 118 millones 098 mil 139.85 pesos; para el PVEM, 156 millones 507 mil 101.22; para Movimiento Ciudadano. 103 millones 060 mil 128.93 pesos, y para Nueva Alianza 115 millones 095 mil 669.09 pesos.
Es decir, que no hay duda de que los auténticos beneficiarios de las reformas resultan los dos partidos "grandes", el de Acción Nacional y el Revolucionario Institucional, ni siquiera el de la Revolución Democrática que votó a favor de ellas, y desde luego son en serio detrimento de los partidos llamados "pequeños".
Y conste que no son los únicos indicadores de lo onerosa y a la vez inequitativa que resulta la democracia en nuestro país, la más cara del mundo de acuerdo con datos y cifras de agencias serias de investigación nacionales y extranjeras. Investigaciones, por ejemplo, del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y de la Fundación Internacional para Sistemas Electorales (IFES, por sus siglas en inglés) subrayan que el costo del voto en México es 18 veces superior que el promedio de toda América Latina, y más del doble de los pocos casos que se le aproximan —Costa Rica, República Dominicana y Panamá. Ambos organismos coinciden en que el sistema electoral mexicano no sólo es el más oneroso en la región, sino también de una lista de 36 naciones de África, Asia y Europa.
Pero lo peor, insisto, son las mañas para seguir pasando por encima de las leyes, patente en lo que ya ahora mismo está pasando: a falta de la posibilidad de contratar tiempo y espacios por si mismos, que cancelaron las reformas, es común la presencia de candidatos en entrevistas y menciones en radio y televisión hasta en programas "del corazón", es decir, por vías que vulneran el sentido de lo que se aprobó y que hacen de nuestra democracia un juego de mercadotecnia, una lucha por posicionar “productos” más que una competencia política de ideas y propuestas.
Lo más lamentable de todo es que todas estas situaciones lo único que generan es desánimo y desconfianza social, que se fortalezca cada vez más la convicción entre los ciudadanos de que es necesaria una “despolitización” y una “despartidización” de nuestra política que algunos oportunistas traducen en rechazo a toda la política y abstención o “voto en blanco” como si fuera eso realmente un recurso para la transformación social y no un mero recurso del inmovilismo, como efectivamente lo es.
Porque lo que necesitamos es un cambio, una auténtica transformación, la cual sólo podrá hacerse factible de una manera: alentando mayor participación e injerencia de los ciudadanos en la política.
Me refiero al tema de la democracia directa, el discurso que fue en un momento de Luis Donaldo Colosio, que desde luego ya ha olvidado el PRI y hoy sólo reivindica el Proyecto Alternativo de Andrés Manuel López Obrador.
"Vamos, amigas y amigos, por la Presidencia de México; el poder ciudadano a la Presidencia de la República. La iniciativa popular a la Presidencia de la República, para que gane México, para que ganemos todos". Estas fueron las últimas palabras de Luis Donaldo en Lomas Taurinas, hace ya casi 18 años, y valdría la pena recordarlo.
Sobre todo cuando tantos se adjudican la bandera de “la sociedad” y se abrogan el derecho de hablar por la “opinión pública”, usándolas como pretexto, precisamente, para socavar el poder de la sociedad y de la opinión pública.
Alentemos pues, la reflexión seria.
Publicado en Unomasuno el 21 de febrero de 2012.
MÉXICO NO ES BRASIL... NI VAZQUEZ DILMA ROUSSEF
La elección de la candidata presidencial del PAN ha dado motivo a infinidad de artículos, comentarios y análisis, algunos de los cuales no han estado exentos de excesos verbales mientras otros no han pasado de la mera propaganda. Es normal, pero el mayor de los despropósitos no sólo es la comparación que se viene haciendo de Josefina Vázquez como si fuera Dilma Roussef o Michele Bachelet sino esa especie de que la única razón que pudiera hacerla perder es por el machismo, precisamente por ser mujer.
Despropósito, porque escudarse en la discriminación para explicar fracasos o limitaciones personales o, peor aún, para tratar de promoverse y sacar ventajas es la trampa más poco ética en un entorno de verdadera competencia democrática. El hecho es que no se trata de género sino de aptitudes, y mejor cuidémonos si la señora Vázquez, o los panistas, están pensando en usar su posición de mujer para chantajear apoyo.
No voy a criticar a la señora Vázquez por ser mujer y tampoco soy de los que piensa que México necesariamente tiene que ser gobernado por hombres. Mis resistencias a creer en la señora Vázquez y a darle mi voto tienen otras razones. Para empezar decir que, desde luego, creo que el arribo de una mujer a la presidencia sería un signo de adelanto, sólo que hay de biografías a biografías.
La señora ex presidenta de Chile, por ejemplo, la señora Bachelet, se formó en la resistencia a la dictadura militar de Augusto Pinochet. Tras el golpe de 1973 su padre, un general que había sido funcionario en el gobierno de Salvador Allende y de los pocos que se negaron a secundar el golpe, fue detenido y murió en prisión a causa de las torturas que sufrió. Michele, quien para esas alturas ya era militante de la Juventud Socialista, se dedicó a ayudar a los perseguidos del proscrito Partido Socialista y vivió algún tiempo en la clandestinidad hasta que en 1975 fue detenida por los organismos represivos de la dictadura, recluida por un tiempo en prisión y desde luego sometida a las peores torturas. Logró ser liberada y exiliarse. Vivió un tiempo en Alemania, allá estudió, y cuando finalmente regresó a su país, en 1979, volvió a la militancia contra la dictadura, llegando a participar, incluso, en algunos grupos radicales y hasta extremistas. Ya con la caída de Pinochet y durante los gobiernos de la Concertación, Bachelet incursionó en el servicio público, con tan buena estrella que fue ministra de Salud y luego de la Defensa del presidente Ricardo Lagos, haciendo, en ambos casos, un brillante papel que de manera natural la lanzó a la presidencia de su país.
Por lo que toca a Dilma Roussef, la actual presidenta de Brasil, su trayectoria política empezó a los 16 años. En el mismo año que los militares dieron el golpe y asumieron el gobierno en su país, el militarismo y la progresiva falta de libertad la acercaron a los ideales socialistas. Su militancia en los movimientos radicales de resistencia a la dictadura es amplia: primero participó en la “Política Operaria” luego fundó, junto con otros compañeros, el “Comando de Liberación Nacional”, que a finales de los años 60 emprendió atracos a bancos, robos de automóviles y dos atentados con bomba que no dejaron víctimas; y poco después se sumó a la “Vanguardia Armada Revolucionaria Palmares”. Si bien no hay información precisa acerca de estas actividades de Dilma lo que se sabe es que llegó a ser conocida como la “Juana de Arco de la guerrilla”; que los órganos de inteligencia del gobierno militar monitoreaban constantemente sus movimientos; que tuvo que cambiar de residencia muchas veces y también de nombre –se hizo llamar Estela, Wanda, Luiza, Marina y Maria Lucía– y que frecuentó las cárceles del régimen y pasó por secciones de tortura.
Ya en el terreno de la política, participó en la reestructuración del Partido Trabajador Brasileño, que posteriormente pasaría a llamarse Partido Democrático Laborista y finalmente se integró en el Partido de los Trabajadores. En 2003, el presidente Luiz Inácio Lula nombró a Rousseff Ministra de Energía, impulsando la implantación del programa “Luz para Todos”, que expandió el acceso a electricidad en los rincones más lejanos del país. En 2005 fue nombrada Jefa del Estado Mayor de Brasil (cargo equivalente a jefa de Gabinete), posición desde la cual impulsó el “Programa de Aceleración del Crecimiento”, responsable de restituir el protagonismo del Estado en la economía y gracias al cual poco después fue elegida como candidata presidencial por el PT en las elecciones del 2010.
Es decir, que ambas mujeres, Dilma y Bachelet, tuvieron una juventud bajo dictadura. No aceptaron a los militares en el poder y creyeron en algún momento en la vía radical, inclusive en la lucha armada, como instrumento para cambiar a sus países. Por eso fueron detenidas, torturadas y encarceladas. Una vez en libertad, empero, tomaron el camino de la política sin renegar de sus valores sociales. Ayudaron a fundar partidos de izquierda, integraron equipos de gobierno con gobernantes de izquierda y, finalmente, en la madurez de sus vidas, se postularon al cargo de presidentes de sus respectivos países.
Escojo a Michele y a Dilma, esto es a Chile y Brasil, porque son los ejemplos que más les gustan a varios políticos mexicanos. Así lo ha expresado Enrique Peña, varios personajes de la izquierda “Light” desde luego y hasta Felipe Calderón y esa facción panista que condena el radicalismo y que ha tratado, infructuosamente de rebasar al movimiento obradorista por la izquierda, todos para llevar agua a su molino, claro, y los panistas para convencernos de que no hace falta ningún cambio, y que el camino es mantener las cosas más o menos como están ahora.
Sí, porque esa es la base sobre la que se promueve ahora a la señora Vázquez, la candidata de la continuidad de una serie de políticas que más que llevar 12 años llegan ya a más de 30. Y se argumenta para ello toda suerte de “razones”, la mayoría superficiales. Que si porque ya es tiempo de darle una oportunidad a una mujer, que si porque en muchos países ya hay o ha habido mujeres presidentas y México no puede quedarse atrás. Incluso hasta están tratando de convencernos diciendo que el éxito brasileño o el chileno automáticamente se van a reproducir aquí siempre y cuando gane una vez más el PAN.
El problema de éste tipo de planteamientos, más allá de las evidentes diferencias biográficas, es que se soslaya que la opción que ofrece la señora Vázquez y el PAN no tiene nada que ver con la opción que representó en su momento la señora Bachelet y que representa ahora Dilma Roussef: tan simple como que ambas son resultado de un proceso de de reivindicación y reposicionamiento de la izquierda pero, sobre todo, de un proyecto radical de nación, que aquí mismo la señora Vázquez y los panistas condenan con los argumentos más tendenciosos.
¿Por qué no votar pues, por la candidata del PAN? Más allá de los muchos cuestionamientos a su trayectoria y a su estilo de hacer política, la verdad es que su desempeño en la precampaña y su forma de ganar la candidatura han dejado infinidad de razones para descartarla como opción seria para México. En primer lugar, su discurso demagógico nos hace recordar el del priísmo más rancio, es decir aquél populismo oportunista que utilizaron lo mismo Alemán que Echeverría. Pero está además su tendencia a satanizar al adversario, cuando no a ignorarlo, como si estuviéramos a punto de una guerra civil, y como si no fueran ella y los panistas que la siguen los responsables de haber hecho del PAN otra versión del PRI.
Basta otro ejemplo: Luis H. Alvarez, el santón que tanto admira la señora Vázquez y de quien, dice, será su inspiración en la campaña, es la prueba más lamentable del pragmatismo y la traición a los principios panistas: fue él quien legitimó el gobierno de Carlos Salinas en detrimento de la democracia y a cambio de un maridaje que se ha convertido en la mayor lacra no sólo para el PAN y para el PRI sino para el país, porque es el que ha hecho posible la continuidad del viejo régimen. Tan simple que por culpa de eso es que México no ha cambiado.
Publicado en Unomasuno el 14 de febrero de 2012.
EL LOBO! EL LOBO! O LA ESTRATEGIA DEL PETATE DEL MUERTO
Buen espectáculo sin duda. La apuesta al bono de género pero, más que eso, la apuesta, siempre rentable, a la unidad… y una evidencia más de hasta donde las cosas no han cambiado nada en este país. Por más que en el discurso de se diga lo contrario.
Porque ni siquiera hubo nada novedoso en eso del “Plan B”. Alguien dirá, seguramente con afán de propaganda, que “al menos” ahora no se impone a los “delfines” a toda costa. Pero la verdad es que pocas veces esto ha sido un hecho.
Se sabe, por ejemplo, que el candidato original de Miguel Alemán para sucederlo no era Adolfo Ruiz Cortines, era él mismo. Buscó afanosamente reelegirse y, ante la imposibilidad de hacerlo, como segunda opción impulsó a su pariente, Fernando Casas Alemán, alguien que le garantizara la continuidad de su grupo y sencillamente fracasó. Lo que pasó es que, exactamente igual que ahora, “las fuerzas vivas” -como se le llamaba en esos tiempos a la opinión pública- no respondieron como se esperaba y al constatar la poca popularidad de su elegido, Alemán optó por sacrificarlo. Igual se cuenta de Luis Echeverría con respecto a Mario Moya y de José López Portillo con respecto a Javier García Paniagua. Y desde luego de Carlos Salinas con respecto a Manuel Camacho, a quien proyectó no una sino hasta dos veces, pero acabó cediendo; primero cuando decidió que el ungido fuera Luis Donaldo Colosio y luego cuando le dio la Comisión para la Paz en Chiapas y ante la imposibilidad de sustituir al sonorense, porque lo asesinaron, acabó optando por Ernesto Zedillo. Lázaro Cárdenas mismo dijo alguna vez, respondiendo al cuestionamiento de porqué no le heredó el poder a su hombre más cercano, a Francisco J. Múgica, que “porque había problemas de carácter internacional que lo impedían“. Y en otra ocasión dijo que porque “las circunstancias del país no le fueron propicias”. El argumento pues, que después de él igual utilizaron varios de presidentes priístas para negar el “dedazo”… y el mismo al que siempre han recurrido los que niegan la tradición autoritaria del PRI. Mera pantalla para encubrir maniobras truculentas y vaya usted a saber qué cálculos.
A fin de cuentas nada nuevo bajo el sol. Política pura, y de la de antes. De la mejor escuela priísta. Del PRI duro, del de las apariencias democráticas y las escenografías arregladas, sólo que revivida en el partido que hasta hace poco se jactaba de representar todo lo contrario, el PAN. Sí, porque ahora más que nunca resulta una verdad de a kilo lo que dijera Gustavo Madero la noche del domingo, que su partido entra por la puerta grande a la historia… de las elecciones internas fraudulentas y amañadas. Una película que no por muy vista deja de ser patética, y lamentable. Usar los recursos de los gobiernos estatales, de los programas oficiales, la coacción del poder para hacer ganar una precandidatura, exactamente como querrá usarse mañana toda la fuerza del gobierno para hacer ganar a la compañera de partido.
Basta enumerar unos cuantos “incidentes” que marcaron la “ejemplar” elección interna de los panistas: para empezar, “filtraciones” de audios de espionaje con la intención de dañar a los dos principales aspirantes; intentos de compra y coacción de votos tanto por parte los partidarios de Josefina Vázquez como de los de Ernesto Cordero; y el día de los comicios varias irregularidades perfectamente documentadas, casi todas señalando acarreos y repartos de despensas bien a favor de Cordero, bien a favor de Vázquez Mota. El incidente más grave fue sin duda la irrupción de un grupo armado en Zozocolco, Veracruz, que robó las urnas e impidió la votación. Pero hubo además una balacera en el municipio de Ahuatlán, en Puebla, y los presuntos agresores se identificaron como simpatizantes de Cordero; y por si esto fuera poco, en varios municipios de Guerrero se registraron acarreos, urnas embarazadas, rasurado de padrones, retención de votantes y la intervención de delegados federales a favor de la señora Vázquez Mota; mientras que en Puebla y Nuevo León se dio el mismo fenómeno, sólo que a favor de Cordero. ¡Nada que envidiarle a Gonzalo N. Santos y a Rodolfo Sánchez Taboada!
Sí, porque se nota que aprendieron, y lamentablemente mejor de lo que podría esperarse. De nada sirve que invoquen en el discurso a Gómez Morín y a los panistas fundadores. El PAN de hoy es en realidad la nueva versión del viejo PRI. Y la proclamación de Josefina Vázquez es la mejor constancia de ello: a lo más que puede aspirar es a representar, parafraseándola, una moderna versión del autoritarismo y lo menos peor, si así se puede decir, de la práctica antidemocrática que por muchos años ha prevalecido en el país.
Aunque lo más grave fue el mensaje que casi imperceptiblemente deslizó la recién ungida: su mención a que “aquí acaba la contienda interna y empieza la lucha contra el verdadero adversario de México, que es Peña Nieto y su partido”. Así de claro, el “verdadero adversario de México”, no de ella, no de su partido. Del país. La mano, otra vez, del tristemente célebre Antonio Solá, y sólo una pálida advertencia de lo que seguramente viene.
Mal augurio. Es que hay una inclinación en el panismo, igual que la hubo en el viejo priísmo, a alarmar y espantar, a satanizar al “enemigo” e inventar “peligros” como arma de hacer presión y orientar el voto. En su momento ese fue el recurso con el que se descalificó en 1929 a José Vasconcelos (la propaganda oficialista lo pintaba como un vulgar “porro” y provocador), e igual fue en el caso de Juan Andreu Almazán en 1940 y Miguel Henríquez Guzmán en 1952. La razón de lo que se llamó en un tiempo “el fraude patriótico”: esto es, que se valía lo que fuera con tal de cerrarle el paso a todo aquél que pusiera en riesgo la continuidad del partido gobernante.
Lo malo es que, con el correr del tiempo, el panismo -que incluso en algún momento también las padeció- no ha sido ajeno a este tipo de prácticas. De hecho, conforme se ha ido avanzando en la alternancia se ha venido ahondando cada vez más la brecha entre ésta y la democracia, al grado de que pocas son hoy las elecciones exentas de ilegalidades y de cuestionamientos. “Competencia de cochinadas” se les llegó a llamar en el 2010, y lo que acabamos de ver, insisto, no se queda atrás.
El hecho es que el panismo resucita una vez más la estrategia de los priístas viejos, trabaja ya para repetir el escenario de disputa de los conservadores contra los liberales, de los anti-revolucionarios contra los revolucionarios, y nos vuelve a hablar de las elecciones como si fueran guerras civiles. Un discurso no sólo engañoso sino muy riesgoso en cuanto empuja a la polarización social, a la división nacional, y cuyos costos ya vimos y sufrimos, para no ir más lejos, en los últimos 6 años.
Sólo que lo que pasó en la elección del 2006 no puede volver a suceder. No podemos darnos el lujo de que se repita.
Soy de los que creen en el debate, de los que piensan que la idea de contrastar las ideas y las propuestas es no sólo necesaria sino sana e indispensable en toda contienda democrática. El problema es cuando se cambia esa estrategia de debate por la de la franca descalificación del oponente, cuando se sustituye la lucha ideológica por una campaña de denostación y descalificaciones personales. Y peor que eso cuando, a falta de argumentos, se sale con la amenaza del lobo, con el petate del muerto de que “ahí viene y nos va a comer”. Porque eso sí, ya no tiene ninguna seriedad y mucho menos sentido. ¿Quién puede resultar ganador de todo esto?
Hay ser optimistas. Quiero pensar que los mexicanos hemos aprendido. Hace 6 años muchos fueron los que votaron seducidos por este tipo de propaganda, pero hoy los hechos muestran, clara y contundentemente, que esa no fue seguramente la mejor elección. Y no lo digo yo. Basta ver la intención del voto que tienen ahora mismo los panistas, muy lejana sin duda, de la de hace 6 años.
Lo importante es, en todo caso, que esta vez no sean las campañas negras las que prevalezcan y, sobre todo, que no sea la mapachería y las viejas trampas para torcer el voto la manera como se hagan y se ganen unas elecciones.
No hay peor enemigo de México, no lo hubo ni lo hay en este momento, que ese tipo de propaganda y ese tipo de elecciones. Ojalá las rechacemos a ambas de una vez y para siempre. Por el bien de todos.
Publicado en Unomasuno el 7 de febrero de 2012.
VIEJAS PRACTICAS… ¿VIGENTES?
Decía Luis Spota que todo empezaba con las “palabras mayores”, la fórmula ritual que empleaba el gobernante en turno en los años del PRI para comunicarle a su escogido que él era, precisamente, “el elegido”. Podía variar la forma, el estilo, pero no el fondo.
Luis Echeverría, por ejemplo, afirma que a él se lo comunicó Gustavo Díaz Ordaz “con toda sencillez”, al término de un acuerdo, a mediados de julio de 1969: “Usted va a ser el candidato del PRI a la presidencia, ¿está listo?, “Estoy listo”. “Hasta luego”, “hasta luego”. Y el destape fue en octubre. José López Portillo aseguraba que a él Echeverría simplemente le dijo un día, señalando la bandera que estaba en su despacho: “¿Se interesa usted por esto”, y que él le contestó: “Pues sí, señor”. “Bueno, pues entonces el próximo lunes vendrá usted aquí y los sectores del partido se pronunciarán por usted, pero todavía en forma privada, no pública”. Por cierto que a la hora de enfrentar su propia sucesión fue López Portillo el primero que recurrió a encuestas. Contaba que al final se quedó con dos opciones, Javier García Paniagua y Miguel de la Madrid, y que a este último se lo comunicó de la siguiente manera: “Bueno, pues creo que hay fuertes corrientes del partido que se inclinan por usted, así es que prepárese… Ni a su esposa se lo comente”.
Ya en un juego más truculento se cuenta que Adolfo Ruiz Cortines se lo anunció a Adolfo López Mateos después de haber mandado mensajes contradictorios a otros aspirantes y al propio López Mateos, dizque, así le dijo a este, porque le faltaba pasar una última prueba: “sus reacciones a la adversidad, pero, además, porque no era conveniente que usted se enterara con tanta anticipación”. Así hacía también Porfirio Díaz, de quien se sabe que se divertía jugando con las ambiciones de sus subordinados, desde luego para tantear quien le era el más leal. El hilo conductor que señala una tradición, casi monárquica, que ha marcado por décadas a la política mexicana, puede que por más, porque ni empieza ni se acaba con el PRI. El caso es que siempre, invariablemente, nuestros gobernantes se han querido apropiar de la función de elegir a su sucesor, es decir que el elegido debía ser el que mejor asegurara los intereses del que lo estaba ungiendo, algo que no necesariamente implicaba que fuera el más popular ni el mejor. De tal suerte que precisamente por eso, lo que seguía a la imposición era una cuidadosa operación política para allanarle el camino hacia el poder, mientras se hacía pública la decisión.
Es verdad que hubo gobernantes a quienes les gustaba hacer gala de autoritarismo, que no compartían con nadie sus decisiones, y ahí sí, aunque hubiera gritos y sombrerazos, bastaba con su consigna. Sin embargo, hubo otros que les gustaba aparentar las cosas, jugar a la democracia, entonces permitían y hasta alentaban una aparente competencia, que se expresaran las ambiciones en un cierto espacio de libertad. Cuando no querían correr riesgos inventaban a alguno de los contendientes, que les asegurara la legitimación del proceso, y cuando no, simplemente, llegado el momento, llamaban a los aspirantes que le estorbaban y les ofrecían un cargo “de consolación” a cambio de hacerse a un lado, o bien, si se ponían “difíciles”, los amenazaban con algo, con embargarles bienes si los tenían, o con crearles algún problema legal si no lo tenían, es decir que no quedaba de otra que disciplinarse.
Así fue, por ejemplo, cuando la sucesión de Manuel Avila Camacho, el llamado “presidente caballero”. Casi desde que llegó al poder él fue construyendo la presidenciabilidad de su favorito, el licenciado Miguel Alemán, secretario de Gobernación, un político sin antecedentes revolucionarios, con escasa trayectoria en comparación con otros que aspiraban y sin más mérito que su incondicionalidad a Avila Camacho. En un principio hasta su hermano Maximino se oponía a ese designio, pero con el paso de los años, el entonces presidente le fue desbrozando el camino a su delfín, no si antes permitir que varios de sus ministros jugaran a la democracia. Jugaran digo, porque Alemán, desde luego, no era el más popular pero contaba con todo el aparato del gobierno y lo utilizó en su favor con la venia presidencial. Propaganda, eventos de lucimiento, compra de notas de prensa, chantajes, compra de conciencias, etc., todo se utilizó para proyectarlo como “el mejor”. Llegado el momento, eso sí, Avila Camacho, llamó uno por uno a los contrincantes de su favorito. A Jorge Rojo Gómez, a Ezequiel Padilla y a Miguel Henríquez Guzmán. Los citó en su despacho un buen día, platicó con cada uno, les explicó que ya tenía una decisión y les sacó la declinación a cambio de un cargo o la promesa de ayudarlos en sus aspiraciones a futuro.
Por supuesto que como Alemán no era el favorito de la gente hubo necesidad de recurrir a otros recursos a la hora de las elecciones; porque pasó que Ezequiel Padilla, con una amplia base popular de apoyo, con innegables simpatías, no aceptó el chantaje presidencial y se lanzó por su cuenta. Muy seguramente él fue el ganador de las elecciones de 1946, sólo que la maquinaria lo avasalló, el “ganador” oficial fue Alemán y Padilla pasó al ostracismo. Y al olvido: ni se le menciona en los libros de historia.
Sí, porque efectivamente, en los años del PRI “duro”, allá por los años 40-50 toda rebeldía se pagaba con el ostracismo y hasta con la vida. Le pasó a Padilla y a sus partidarios, y también a Vasconcelos, a Juan Andreu Almazán y a Miguel Henríquez Guzmán. La paradoja es que, ya en los años del post-priísmo, cuando la democracia mexicana está dando sus primeros pasitos, ese tipo de rebeldes-populares se han convertido en garantía de triunfo en las filas de otros partidos. Así fue en el caso, por ejemplo, de los gobernadores aliancistas, despreciados como candidatos por el PRI a pesar de ser competitivos pero acogidos con todas las consideraciones por el PRD-PAN, y ganaron las elecciones.
La diferencia entre estos últimos y aquellos, es decir entre los que hoy son gobernantes aliancistas y Henríquez, Almazán y Padilla es que la contienda se da ahora entre poderes casi iguales: la maquinaria de los gobernadores del PRI contra la maquinaria del gobierno federal. Henríquez, Almazán y Padilla iban solos contra los gobiernos tanto federal como estatales y le apostaban simple y llanamente a la democracia, al poder del voto. En cambio, una de las críticas a los procesos estatales del 2010 y 2011 es que los que hoy son gobernantes aliancistas contaron con apoyos adicionales a los votos. No fueron elecciones impecables. Por lo que cabe la pregunta: ¿es que algún día bastará en este país con tener el voto popular? ¿O seguiremos fabricando “ganadores” con maquinarias oficiales y recursos públicos?
Yo he escuchado a algunos políticos, que presumen de progresistas, decir que “llenar plazas no asegura ganar elecciones”. Y esa es precisamente la gran tragedia nacional: que la política mexicana siempre ha despreciado la fuerza de los ciudadanos, el poder popular. Lo cual explica esa ya larga tradición histórica, tristemente otra más, de presidentes espurios y presidentes legítimos, de fraudes electorales casi institucionales y de un país casi eternamente dividido entre defraudados y defraudadores, que nace casi con nuestro nacimiento como nación independiente.
La verdad es que mientras no se logre conciliar el ser popular con el ser ganador la democracia seguirá siendo una promesa en México. Y conste que al decir popular no me refiero a esa que se crea partir de las percepciones compradas, de las encuestas, sino a la popularidad real, la que otorga la gente, la afinidad de ideas y causas. Esto es, el llenar plazas, el tener convocatoria popular y ganar simplemente con votos.
¿Qué tan lejanos estamos de las viejas prácticas del “dedazo”, del “tapado” y “la cargada”. ¿De verdad ya las hemos superado o simplemente las modernizamos? Al menos antes había un “gran elector”, el Presidente en turno, pero ahora tenemos 33 pequeños “grandes electores” jugando al Porfirio Díaz, poniendo todo el poder de sus maquinarias a favor de sus favoritos.
Y no me refiero sólo al PRI. Eso es lo triste. Y lo grave.
Publicado el 31 de enero de 2012.
CANDIDATOS CIUDADANOS Y OPORTUNISMO EN POLITICA
Un fenómeno propio de la alternancia ha sido la incorporación de nuevos actores políticos.
Hasta hace algunos años se pensaba que la política sólo la podían ejercer dos clases de ciudadanos: los burócratas que trabajaban en el gobierno y los militantes del PRI. Incluso hubo un norteamericano, Peter Smith, que se dio el lujo de escribir, allá por los 70, después de analizar más de mil carreras de políticos mexicanos, las “condiciones” que según él debía cubrir un aspirante a seguir una carrera más o menos exitosa: en primer término estudiar derecho en alguna universidad pública, de preferencia en la UNAM, desde luego afiliarse al PRI, “buscar” un padrino poderoso y “pescar” chamba en el gobierno, bien para ascender a otros cargos, o bien para hacer negocios.
Esto se acabó en los años 80, o al menos eso se dice, cuando los llamados “bárbaros del Norte”, empresarios molestos con la estatización de la Banca, se abrieron espacio dentro del PAN, se lanzaron como candidatos y empezaron a ganarle gubernaturas al PRI.
Los apologistas del “neopanismo” –que así se le llama a la corriente pro-empresarial dentro del PAN-, dicen que a ellos se debe el éxito de ese partido y su llegada a la presidencia en el 2000. Sus detractores, los panistas defensores de la doctrina en cambio, dicen que ellos fueron los que enterraron a Manuel Gómez Morin y los principios que legó.
En todo caso, hay un hecho que casi nadie recuerda que da cuenta, muy nítidamente, de cómo querían las cosas Gómez Morin y los primeros panistas: la propuesta de hacer en 1946 a Luis Cabrera candidato presidencial, que representó un intento de afirmación de la corriente liberal dentro de ese partido y un importante paso, también, hacia su propia definición.
Se ha dicho que el primer candidato del PAN fue un general, y además empresario, Juan Andreu Almazán. En realidad, en las elecciones de 1940 los panistas tomaron la decisión de pedir el voto para el principal adversario del candidato oficial, con el único fin de no dividir a la oposición y abonar a la derrota del cardenismo; pero su primer candidato formal surgió de la IV Convención Nacional, celebrada los primeros días de febrero de 1946.
En esa convención se resolvió la postulación del viejo precursor maderista y ex secretario de Hacienda carrancista, uno de los ideólogos más lúcidos de la Revolución Mexicana. Y cobra más importancia el hecho porque uno de sus principales promotores fue Efraín González Luna, seguidor del socio-cristianismo, quien hizo la propuesta de Cabrera, un hombre, dijo, de gran experiencia política pero fuera de ella por un buen tiempo, el suficiente para tener la independencia necesaria frente a los desvíos de la Revolución y para estar libre de compromisos con “el régimen en la época más funesta para el país: el pantano del cardenismo”.
Ante esa Convención compareció pues, don Luis, para agradecer el honor y declinar hacer campaña por razones de la edad: “La aparición de mi nombre en el seno del Partido Acción Nacional –les explicó- la considero y agradezco como la más alta distinción que pueda conferirse a un ciudadano y que la conservaré en la memoria como el más alto honor que se me ha conferido en mi vida. Por lo demás, Acción Nacional es un partido político seriamente organizado del cual forman parte hombres prominentes a quienes todos reconocen honradez y patriotismo, a cuyo lado sería para mí un honor colaborar, y cualesquiera que fuesen las diferencias de criterio en puntos de detalle, sus principios no difieren considerablemente de las opiniones que de vez en cuando he emitido públicamente, y no puede negarse que dichos principios son sanos, patrióticos y honrados.
“Quiero aceptar, sin modestias hipócritas, que soy un hombre honrado, patriota y de experiencia. Pero, para desempeñar el supremo cargo ejecutivo de un país, no basta que un hombre sea honrado, patriota y sabio... Necesita, además, ser fuerte en lo físico y en lo político, para poder soportar sobre sus hombros la tremenda responsabilidad que el cargo de presidente de la República le impone. Sinceramente hablando..., no creo tenerlas”.
Y a manera de colofón enumeró un programa mínimo de las tareas que necesitaba hacer el país: “México necesita ante todo rehacer su agricultura... México necesita industrializarse... México necesita sanear su moneda, revisar su sistema financiero y devolver a la iniciativa privada la libertad de que debe gozar... México necesita poner de acuerdo su Constitución y sus leyes con la realidad... México necesita, sobre todo, un saneamiento moral en todos los órdenes...”
Tal era el programa que proponía Cabrera al PAN, pero un programa que los panistas fueron olvidando. Cabrera fue un liberal avanzado, nada menos que el autor de la primera ley agraria del país, y tenía una particular visión del rumbo que debía seguir la Revolución Mexicana. Estaba marcado por su cercanía con Francisco I. Madero y Venustiano Carranza y, por ende, era detractor del grupo de los “radicales” sonorenses (Obregón, Calles, Cárdenas) así que pasó el resto de sus días cuestionando lo que llamaba “las desviaciones bolchevizantes” de los gobiernos post-revolucionarios, soñando con una restauración del maderismo y una reivindicación del carrancismo.
Fue pues este hombre el elegido por Gómez Morín para ser el primer abanderado del PAN. Si no hizo campaña fue, como él mismo lo explicó, por razones de su edad. Y sin embargo, dejó un gran bagaje ideológico que con frecuencia se olvida, ya no se diga por quienes se dicen “revolucionarios” sino sobre todo por los panistas.
Es que luego de aquella experiencia fallida, que pudo haber convertido al PAN en el partido de la corriente moderada de la Revolución, se impusieron en ese partido los francamente contrarrevolucionarios, y cobijados en ellos llegarían después las candidaturas de los empresarios, llamadas “ciudadanas” que, o bien sirvieron de mampara para la franca derechización, o bien ni siquiera tenían ideología.
Y conste que no solamente hubo candidatos “ciudadanos” en el PAN. La moda pronto contagió a otros partidos, al PRI desde luego e incluso al PRD. El problema es que la bandera de casi todos estos “ciudadanos” ha sido la ambigüedad, el atractivo –muy bien explotado por los partidos- de que “no tienen partido” y, por ende, han acabado por desdibujarlos a casi todos. Lo peor es que han convertido la política en un mercadeo de apuestas al mejor postor. ¿O como puede llamarse a eso que dijo la señora Miranda de Wallace, tan sólo unas horas después de aceptar la candidatura del PAN a la jefatura del DF, que si el PRD o el PRI se la hubieran ofrecido la habría aceptado?
Y hay casos más burdos. Los políticos malabaristas, por ejemplo, que se llaman “ciudadanos” para ocultar su paso de un partido a otro en pos de una chamba, resultado de lo cual hemos visto candidatos del PRI promoviendo el programa del PAN, candidatos perredistas renegando de “la izquierda”, cobijándose en “el centro” para buscar coincidencias con el PAN. Y en el colmo, panistas que actúan como priístas defendiendo los programas del PRI. Todo, con tal de ganar elecciones.
Desdeñosos de la ideología, sin formación política alguna, ésta nueva clase de “políticos” ha enterrado la militancia y el compromiso partidista a un costo muy alto; porque una cosa es sostener ideas y tomar distintos posicionamientos partidistas en aras de la defensa de esas ideas, que es válido y hasta éticamente necesario; y otra muy distinta hacer de la carencia de ideas y compromisos bandera de promoción política.
Pero en un medio donde se privilegia la popularidad sobre la consistencia ideológica no sorprende que la apuesta panista para este año, al menos en el DF, sea a una candidata “ciudadana”. Lo más triste es que la sospecha de que siempre actuó en acuerdo con el gobierno del PAN y en abono para sus causas, se acabó por confirmar. A eso se llama cooptación, otra forma que tienen los gobiernos y los partidos para pagarle sus servicios a los “útiles compañeros de viaje”.
Publicado en Unomasuno el 24 de enero de 2012.
DE POPULISMOS A POPULISMOS
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| Manuel Gómez Morín, su discurso contra Cárdenas |
Hablemos pues de populismo y populistas, sobre todo ahora que los panistas insisten en ese discurso para posicionarse electoralmente y descalificar a sus adversarios y, más aún, cuando algunos “analistas”, opinadores y hasta historiadores andan diciendo, interesadamente, que el “peligro para México” del 2006 sigue siendo un peligro en 2012.
Es un discurso viejo. Con ese mismo argumento a fines de los 30 Manuel Gómez Morín intentó movilizar a la sociedad contre el cardenismo, fallidamente. Y así ha sido a lo largo de la historia del PAN, inevitablemente alérgico a todo lo social; aunque el colmo fue durante de gobierno de Vicente Fox, el ejemplo quizá más acabado de populismo sin más programa que el mercadeo de ocurrencias y los juegos de imagen. Sin olvidar, claro, que el propio Felipe Calderón no ha tenido empacho en condenar una y otra vez a lo largo del sexenio “el populismo en la conducción política” como una forma de defensa de sus decisiones.Hay diversas definiciones del populismo pero en lo que casi todas coinciden es que se trata de una forma de manipulación de las masas con apoyo en el aparato gubernamental justamente para evitar que las masas manden.
El populismo en América Latina fue un fenómeno que se dio entre los años 30-40 del siglo pasado, caracterizado por el culto al “pueblo” y el uso del estatismo como instrumento de control y soborno de la población para mantenerla mediatizada. En su mayoría se trató de movimientos de inspiración semi-fascista, como el de Perón en Argentina, como el de Getulio Vargas en Brasil o el de Leonidas Trujillo en la República Dominicana. El mayor problema de este fenómeno es que aunque siempre, invariablemente, se ha ostentado y se ostenta como “defensor del pueblo” considera “pueblo” sólo a los adictos, fomenta los rebaños más que la ciudadanía, de tal suerte que los populistas pretenden ser los “portadores de la verdad” y en nombre de eso hacen lo que quieren.
Hay otro tipo de populismo, el que representaron en México los gobiernos priístas posteriores al cardenismo, que inició con las reformas a la Constitución y la perversión del legado de la Revolución Mexicana. Y hay un populismo más reciente, crecido al amparo del neoliberalismo y los reclamos de alternancia, el que se autoinventó para evitar la derrota del anterior, que gobierna no del “pueblo” sino de “la sociedad”, de hecho sólo para beneficio de unos cuantos y a los demás los conforma con programas mercadotécnicamente vendibles (como el seguro popular), otorga subsidios para salvar los negocios de los ricos (el Fobaproa) y concede beneficios fiscales a cambio de apoyo. Es el populismo que no se atreve a decir su nombre pero el más peligroso porque es el que está enterrando todos los avances sociales y en nombre de “la libertad” tiende a privatizar, es decir convertir en negocio todo servicio público y todas las obligaciones del Estado que son de beneficio social o para beneficio de los pobres y las clases medias.
Es el que hemos tenido en México desde 1940 para acá. Subrayo lo que estoy diciendo: no desde 1982, no desde el 2000 sino desde 1940, porque el ciclo de gobierno populistas derechistas no empieza en México con el gobierno de Miguel de la Madrid, tampoco con el de Vicente Fox, sino con los gobiernos priístas de Manuel Avila Camacho y Miguel Alemán. Un ciclo que se recicla y se renueva sólo de fachada con Carlos Salinas y los panistas, y no termina aún.
Es que en la lucha política que vivimos, que algunos quieren reducir a mera competencia de imagen y recursos, se ha dado en condenar los unos a los otros con epítetos aparentemente descalificatorios pero que nada dicen en realidad de la ideología de nuestros actores. Y ese es el caso de la palabra “populista”, empleada por la derecha indistintamente para descalificar al PRI y a la izquierda, cuando el problema es que llevamos 70 años de lo mismo y nadie dice nada.
Me refiero a que el populismo post-revolucionario devino en populismo neoliberal porque ha acabado siendo una mezcolanza de libre mercado con programas clientelares, negocios turbios y alianzas y contubernios inconfesables, el pripanismo, que algunos analistas serios han caracterizado también de “liberal-desarrollismo”; y eso es lo que prevalece en México para frenar los modelos socialmente comprometidos, a los que se sataniza por hacer del Estado un instrumento de justicia y combate a la desigualdad.
¡Estatismo, estatismo!, claman cada que se sienten amenazados, y lo usan, hasta algunos que se precian de intelectuales, para describir la irresponsabilidad y la demagogia en el poder, el gobierno paternalista y el “exceso” de compromiso social, pretendiendo que todo eso lo encarna en México la izquierda, y más concretamente Andrés Manuel López Obrador.
La verdad es que a estas alturas esa definición de “populista” es un estigma hueco, al menos en este caso, puesto que nadie puede decir a estas alturas que las propuestas de AMLO son estatistas o irresponsables, y ni siquiera se puede calificar de populista su resistencia de los últimos 5 años, ejemplo, hay que decirlo, de civilidad y moderación en un país adonde si algo se ha atizado, y nada menos que por el gobierno, ha sido la confrontación, las divisiones y la violencia. Por lo que me pregunto si alguien puede argumentar seriamente a estas alturas que AMLO y su movimiento son un peligro para México.
Pero lo hacen, aunque se trata de un discurso mentiroso y además provocador. Y tanto, como que si se habla de reconciliación y de reconstruir la unidad se responde con argumentos tan baladíes como que “el AMLO que mandó al diablo las instituciones no puede cambiar”, que “es una víbora con el mismo veneno” y hasta, ya el colmo, que “sólo es una imitación de Hugo Chávez” como si de verdad todos estos años no hubieran servido para que la gente, los ciudadanos nos demos cuenta de lo falsa y mentirosa que fue la campaña del miedo del 2006.
Mera propaganda, eso es lo que son estos supuestos “argumentos”.
Lo que tenemos que hacer es desenmascarar a los nuevos populistas, más sofisticados pero igual o peor de nocivos que los otros. Y me refiero a los que crecieron a la sombra de la alternancia y la “ciudadanización”. Los del estilo “empresarial” y las reseñas en el “Caras”, mercaderes de la política, comerciantes de votos, que se dan el lujo hasta de despreciar los mítines y perseguir a las organizaciones sociales y se llaman “modernos” sólo porque sus trafiques los hacen en los medios y en el internet.
Son los que construyen su imagen, su discurso y sus promesas en base a lo que les dicen los mercadólogos. Se muestran deliberadamente ambiguos porque su meta es el poder por el poder, así que fingen seguir los vientos de “la opinión pública”, pero solo para imponerse. Y como lo único que les preocupa es “la popularidad”, ofertan lo más atrayente, lo más llamativo, “lo más popular”, no importa qué tan fuera de sus verdaderas intenciones resulte, y menos que no lo puedan cumplir. ¿Puede haber algo más populistas que eso? Y sin embargo son los mismos que descalifican a los otros con el sanbenito de “populista”. No podemos negar que la fórmula es ingeniosa. Es más, ha resultado exitosa, ¿pero y qué hay del proyecto político, qué hay del país?
Hubo un tiempo en que México sí tenía rumbo, sí tenía proyecto de nación. Fue cuando Benito Juárez y los liberales defendieron su idea, una idea que no andaban sometiendo a la aprobación de los encuestólogos –eran estadistas- sino que los ciudadanos apoyaban, porque intuían, porque sabían, que era el mejor camino que se les podía ofrecer.
El problema empezó cuando se abandonó ese rumbo. Cuando se echó al olvido el proyecto histórico de esta nación, 1940 insisto, es la fecha, y la política devino en lo que es hoy, mera competencia de popularidad, el nuevo populismo.
¿Quien encarna aquél proyecto? Desde luego no el PAN, y por supuesto tampoco el PRI. Es la corriente progresista, esa que los panistas insisten en llamar “populista” y definen como “un peligro”. ¿Volveremos a caer en la trampa?
Publicado en Unomasuno el 17 de enero de 2012.
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