miércoles, 11 de enero de 2012

MENTIRAS REPETIDAS, TLATELOLCO EN LA MEMORIA



Acaba de decretarse por La Cámara de Diputados, y votado por unanimidad, que el 2 de octubre sea incluido en las fechas de duelo nacional y que la bandera nacional sea izada a media asta en escuelas, edificios públicos, embajadas y consulados de México en recuerdo de "los caídos en la lucha por la democracia de la plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco en 1968".


Y leo, a propósito del evento, un artículo del novelista Francisco Martín Moreno, sobre la matanza del 2 de octubre, que lo menos que mueve es a la indignación.

Dice este señor, por ejemplo, que “el Ejército jamás disparó contra la población”, que los autores de la masacre fueron “francotiradores ajenos a las Fuerzas Armadas”, que los muertos no pasaron de 50 y, ya en el colmo, que “el movimiento estudiantil de 1968 fue urdido por la CIA para derrocar al gobierno de Díaz Ordaz e imponer un dictador”, “como fue el caso de Castillo Armas cuando en 1954 depuso a Jacob Arbenz en Guatemala”, y no sé cuantas sandeces más.
La verdad es que no hace sino repetir la versión oficial de la masacre. La que dio el propio Gustavo Díaz Ordaz hasta su muerte y la que ofrecía el general Marcelino García Barragán, muy seguramente como excusa de algo que, sin embargo, siempre le avergonzó pero no pudo evitar por el papel que se le ha dado al Ejército después de la Revolución, de mero subordinado del poder civil.
Sobran pruebas y testimonios de infinidad de testigos presenciales que prueban todo lo contrario: que lo del 2 de octubre fue un plan perfectamente elaborado y ejecutado. La ubicación de tropas en lugares estratégicos, la ocupación previa de edificios y de la torre de la secretaría de Relaciones por elementos de la Dirección Federal de Seguridad, la presencia de decenas de ambulancias y camiones militares en las calles adyacentes a Tlatelolco desde horas antes de los acontecimientos. Las bengalas. Todo esto demuestra que se trató, llanamente, de una decisión de Estado que involucró al Presidente desde luego, al secretario de Gobernación, al de la Defensa, a la Dirección Federal de Seguridad y a todas las fuerzas policíacas y militares, que fueron a la Plaza de las Tres Culturas con la orden clara de disolver, “al precio que fuera”, la manifestación estudiantil.
Ahí está el testimonio de Oriana Fallaci, la reportera italiana que se encontraba aquella tarde en el edificio Chihuahua y resultó herida: “La plaza estaba literalmente cercada por los cuatro lados... a cualquier parte que mirásemos veíamos llegar camiones y auto-blindados. Al fondo, al frente del edificio, hay una especie de puente y se detuvieron sobre él. Se abrieron los camiones, es decir la parte posterior de los camiones, y los soldados se lanzaron abajo disparando. Pero no disparando al aire, disparando abajo. No tenían los fusiles hacia arriba, sino hacia abajo...” (L’Europeo, 17-X-1968).
Y el de Félix Fuentes, reportero de La Prensa: “Un helicóptero arrojó luces de bengala sobre la Plaza de las Tres Culturas y unos cinco mil soldados dispararon sus armas para provocar el pánico en la multitud... La gente trató de huir por el costado oriente de la Plaza y mucha lo logró, pero cientos de personas se encontraron a columnas de soldados que empuñaban sus armas a bayoneta calada y disparaban en todas direcciones” (3-X-1968).
Y el de Philippe Nourry, corresponsal francés: “Fue la tropa quien disparó primero, cuando un helicóptero del ejército lanzó una señal luminosa. Al menos, fue él quien comenzó a disparar en forma masiva... Tan grande era la confusión que parece que por momentos las fuerzas del orden se ametrallaron mutuamente” (Le Fígaro, 4-X-1968).
Y el de Claude Kiejmann, también francés: “Contrariamente a la versión que dieron la mayor parte de los periódicos mexicanos, ningún disparo salió de los edificios que rodean la plaza, ni de los techos. Por el contrario, se distingue entre la masa hombres vestidos de civil, con un guante blanco en la mano izquierda, que les hacían señales a los militares para que desencadenaran un fuego nutrido contra los manifestantes...” (Le Monde. 5-X-1968).
Seguramente toda esta gente que estuvo en la Plaza no vio lo que vio o fue presa de una alucinación colectiva. Por eso indigna la versión de Moreno, por lo burda y grosera, pues si todavía faltaran pruebas de su falsedad, está el testimonio oficial recogido de varios militares, que prueba que el Ejército y el batallón “Olimpia” y todas las demás fuerzas desplegadas en Tlatelolco actuaron esa tarde perfectamente bien coordinados. Y es claro que las bengalas fueron la señal previamente convenida, para la intervención militar. Basta leer las actas ministeriales levantadas el 3 de octubre de 1968. Y lo que decía el general José Hernández Toledo, el responsable del operativo, quien nunca ocultó cuál fue el sentido de esas bengalas: “Fueron tiradas por miembros de Inteligencia Militar. Las verdes, que se lanzaron primero, ordenaban el avance; las rojas, eran otra clave convenida...” (Alerta, Num. 171 bis, 12-X-1968).
Hasta Díaz Ordaz habría hablado de ellas: “Total, un simple semáforo”, así las llama textualmente en sus memorias inéditas. Y el general Alonso Corona del Rosal, jefe entonces del DDF: “Un helicóptero del Ejército dejó caer una luz de bengala para indicar a las tropas que avanzaran hacia la plaza” (Mis Memorias Políticas). Todo lo cual prueba que el Ejército sí disparó a la gente el 2 de octubre como un plan previamente convenido, aún cuando no signifique eso que a los militares les gustara cumplir la orden. Eso es otra cosa. Lo que pasa es que el debate de fondo no es sobre la responsabilidad del Ejército ni sobre el papel que han jugado los militares en los últimos 82 años. No es la lealtad militar la que está en duda, tampoco su sometimiento al poder civil –que por cierto nos costó más de un siglo de luchas y conflictos-, sino el mal uso que del poder hicieron ese día y han seguido haciendo a la fecha las autoridades civiles, las únicas constitucionalmente autorizadas para dar órdenes.
Simplemente estoy hablando de hechos. Ahí están los testimonios, muchos, de reporteros y testigos del 2 de octubre. Y bueno, finalmente otro, que al menos para mí es incontrovertible. Me refiero a la imagen que yo tengo -5 años de edad tenía entonces- de soldados disparando sobre la Plaza de Tlatelolco. Eso fue lo que yo ví aquella tarde, parado, del brazo de mi abuela, en el cruce de la avenida Nonoalco (hoy Eje Ricardo Flores Magón) y San Juan de Letrán (hoy Eje Lázaro Cárdenas). Ví eso, y no lo olvidaré jamás. Como ví también lo que a mí siempre me ha parecido una clara señal emitida desde el helicóptero militar porque luego, como cronómetro, perfectamente bien organizado, vino el ataque sobre la multitud. Me refiero a las bengalas que salieron del helicóptero. Y a esa señal, sólo entonces, a la cual obedecieron los soldados para avanzar disparando hacia la plaza. Eso es, repito, lo que a mí me consta y recuerdo muy claramente para que ahora me vengan a decir que todo fue un sueño, una alucinación de mi mente infantil.
¿Pero qué se puede esperar de un señor, Francisco Martín Moreno, que ha frivolizado la historia a tal punto que la reduce a hablar de la vida íntima de los próceres; que niega la existencia de “El Pípila” y de “Los Niños Héroes”; que afirma que Miguel Hidalgo no fue el padre de la patria sino Matías de Monteagudo, el conspirador que fraguó la conspiración de La Profesa con Agustín de Iturbide para pervertir la independencia, y como esas muchas otras mentiras por el estilo?
Lo he dicho muchas veces: que hace falta un balance crítico de nuestra historia, un balance que nos lleve a la verdad y a dilucidar nuestro pasado al margen de partidismos e intereses faccionales.
Está visto que no será Francisco Martín Moreno uno de los que lo haga.

Publicado en Unomasuno el 15 de noviembre de 2011.

4 comentarios:

Antonio Rodríguez dijo...

Leí hace un par de meses ( mas, menos) que el periódico reporte índigo, el señor moreno , escribió una minúscula parte de los atentados del 68, me resulto bastane shockeante, decía que los soldados cuidaban a los estudiantes de la cia, ahora que investigo un poco, en verdad que es indignante que diga este tipo de sandeces,por que? pues igual y solo pata llamar la atencion de la gente, solo he leido un libro del , mexico negro, y honestamente nunca la termine, llega un momento en que es pesadisima, y notas como esta me alejan de terminar su libro y comnenzar otro alguno de el

Alan Parra dijo...

Yo nocreo en lo que se dice sólo porque la mayoría lo cree. Trato, en la medida de lo posible, de investigar. Prefiero dudar de todo y no caer la espiral de todos.
Por eso comento: He visto de decenas de veces las imágenes que fueron prohibidas por años, esas que grabaron los medios extranjeros y las pocas personas que tenían aquellas cámaras en blanco y negro y lo que se ve claramente es que la gente no corre en sentido contrario al ejercito (si a mi me disparan corro en sentido contrario a quien me dispara) Entonces me pregunto ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué los soldados disparan hacia arriba y no de frente?
Las filmaciones están ahí al alcance de todos, véanlas y opinen con voz propia. No creen en lo que digo porque no me interesa tener la razón, pero sí me importa estar lo más cercano a una verdad evidente (para mí las evidencias importan más que las narraciones sin prueba)

JULIO GONZALEZ CRUZ. dijo...

Toda la razon para ti, es bastante claro lo que dices, y en los videos se ve que no disparan a las personas, luego se ve totalmente sola la plaza, solo soldados tirados, ya sea por cuestion de logica y estrtegia o porque de plano ya estan muertos( al menos es la impresion que me da) pero no se ve ningun civil caido o retenido por militares, porque insisten en mentir?

JULIO GONZALEZ CRUZ. dijo...

Toda la razon para ti, es bastante claro lo que dices, y en los videos se ve que no disparan a las personas, luego se ve totalmente sola la plaza, solo soldados tirados, ya sea por cuestion de logica y estrtegia o porque de plano ya estan muertos( al menos es la impresion que me da) pero no se ve ningun civil caido o retenido por militares, porque insisten en mentir?