

Asesinato de Alvaro Obregón, presidente electo 1928-1934.
El asesinato de Alvaro Obregón se contextualiza en el tiempo de la guerra cristera y la lucha por el poder dentro del grupo Sonorense que arribó tras el derrocamiento de Venustiano Carranza.
Según los enemigos de Obregón, éste tenía planeado reelegirse interminablemente, igual que Porfirio Díaz. Según los enemigos de Obregón y Plutarco Elías Calles, ambos pensaban alternarse en el poder para instaurar una dictadura bicéfala. Y según los obregonistas, diversos factores mediaron para decidir al general Obregón a admitir que fuera lanzada su reelección. Una, fue el fracaso de la candidatura de Francisco Serrano. Pero el factor decisivo, según el mismo Obregón lo llegó a decir, fue el descubrimiento que entonces se hizo del pacto secreto concertado entre Calles y Luis N. Morones para entregarle el poder a la CROM, disolver el Ejército Nacional y reemplazarlo por un "Ejército del Proletariado" formado por batallones de los sindicatos cromistas.
Obregón fue pues, a la campaña, con la abierta oposición de Morones y de la CROM, y con a enigmática actitud de Calles, que según muchas versiones, se mostraba contrario a la idea de la reelección.
Fueron días difíciles, por un lado la guerra civil que dividía al país a consecuencia de la persecución religiosa, y por otro los enfrentamientos del grupo en el poder.
Morones y los suyos afirmaban con insistencia y sin recato que Obregón "no llegaría al poder". Y hubo un momento en que el líder obrero hasta llegó a amenazar públicamente diciendo que para impedir el triunfo de Obregón "se levantarían barricadas", de ser preciso.
El hecho es que la labor de zapa de los cromistas contra Obregón se mantuvo constante hasta la muerte del caudillo. Y los pataleos de Morones por obtener para sí la candidatura duraron hasta bien entradas las campañas.
Lo enconado de la disputa por el poder, la saña persecutoria contra los católicos, la Guerra Cristera, los ajusticiamientos de los candidatos antiobregonistas, en suma, todo el terror impuesto por Calles, más que allanarle el camino a Obregón parecían obstaculizarlo una y otra vez, pero además contribuían a exhibirlo como un feroz ambicioso que no reparaba en medios para llegar a su fin, de tal manera que se fue colocando en el ambiente, casi como algo inevitable, la necesaria desaparición del caudillo, y se empezó a temer la peor de las traiciones.
El día de las elecciones, el primer domingo de julio de 1928, Obregón permaneció en Navojoa, y ese mismo día empezó a planear su viaje a la Ciudad de México. Las comisiones que llegaban a felicitarlo insistían en los rumores de que sería asesinado a su llegada. Y sin embargo, una vez más hizo oídos sordos.
Cuando Obregón y sus acompañantes llegaron a México el 15 de julio, los rumores del inminente atentado eran tan abiertos, que hasta estaba en escena, en el Teatro María Guerrero, la revista “A ver si se sienta”.
Sólo dos eventos públicos tenía programado Obregón en la Ciudad de México, uno el día de su llegada, un acto multitudinario, y otro el 17, una invitación de la diputación guanajuatense a una comida en honor.
Dice Dulles que, pensando que en esas condiciones la asistencia del presidente electo a un banquete “era una imprudencia”, algunos de sus allegados, para evitar riesgos, inventaron una excusa; pero que intervino el secretario particular de Calles, Fernando Torreblanca, “e hizo los arreglos para que Obregón concurriera a la comida de ‘La Bombilla’”.
Ahí, en "La Bombilla" Obregón fue asesinado por José De León Toral, de quien oficialmente se dijo era un católico fanático que seguía ordenes del clero.
La verdad es que los obregonistas no creyeron esto, y el jefe de la Policía que ellos mismos obligaron a Calles a nombrar, para hacer las investigaciones, el general Antonio Ríos Zertuche, aseguraba que “las investigaciones... nunca revelaron que Toral hubiera actuado por órdenes del Clero y que la Iglesia Católica o los creyentes mexicanos, como gremio, tuvieran culpabilidad en el asesinato... De hecho, no hubo prueba alguna que hiciera imputable al Clero ni a la Iglesia Católica del magnicidio. En cambio, multitud de datos y evidencias concurrían a confirmar la responsabilidad de Morones y los primates de la CROM”.
Con el resultado de todas estas investigaciones, el jefe de la Policía llegó a dar la orden de que se alistara una compañía de policías armados para aprehender a Morones, sólo que llegó esto a conocimiento del general Calles, quien inmediatamente lo mandó llamar y le ordenó que como él consideraba que el crimen era de origen religioso y que nada tenía de político, debían encauzarse las investigaciones en tal sentido.
Calles le dijo a Ríos Zertuche, además, que tomara en consideración que la aprehensión de un miembro de su gabinete haría recaer responsabilidades sobre su gobierno y sobre él mismo, y que seguramente la intención de llevar adelante aquellas aprehensiones ocasionaría una crisis tremenda.
Aceptó entonces Ríos Zertuche dar contraorden en la aprehensión de Morones, pero pidió su relevo, a lo que Calles le contestó que su deber era disciplinarse así que debía entregar a la prensa unas declaraciones concluyendo las investigaciones había probado que la culpa del crimen de Obregón era del Clero y de los católicos.
En realidad sí había una conspiración para asesinar Obregón, por parte de algunos clericales, en concreto por la Liga de la Defensa de la Libertad Religiosa, que se dedicó a adiestrar a un grupo selecto de católicos en el manejo de armas, les impartió cátedras de historia, filosofía, política, religión, etc., y los convenció sobre la licitud del “tiranicidio” para “salvar” a la patria.
Según esta versión, hubo al menos dos intentos fallidos para asesinar a Obregón. Uno que consideraba minar el paso del ferrocarril donde viajaba el presidente electo, y otro de un grupo de mujeres, dotadas de agujas envenenadas, que tenían que acercarse a él y clavárselas hasta matarlo.
El más sonado fue el que involucró al padre Miguel Agustín Pro, el que dirigió el ingeniero Luis Segura Vilchis, el 13 de noviembre de 1927, y la supuesta participación del padre Pro se reducía a su amistad con Segura Vilchis. Hasta que finalmente José de León Toral logró consumar la directiva, supuestamente ayudado por otro sacerdote, e “iluminado” por el comentario de una monja, la madre Conchita, quien le habría dicho: “Quiera Dios enviar un rayo para Obregón, a Calles y al patriarca Pérez”, que los juzgadores interpretaron como la orden para el crimen.
Ahora bien, en cuanto a ésta última versión, es verídico que Carlos Castro Balda y la llamada Madre Conchita, sor Concepción Acevedo de la LLata, siempre sostuvieron que independientemente de que en ella nada había tenido que ver la monja, sí había existido una orden de la Liga para matar a Obregón, pues se consideraba que él mandaba a Calles y por tanto, que era el verdadero autor de la persecución religiosa.
“En primer lugar –solía explicar Castro Balda-, no fue asesinato sino ejecución. Y el asunto estuvo así: fue ordenado por el licenciado Miguel Palomar y Vizcarra que era el jefe militar e ideológico que teníamos en la Liga Nacional de la Defensa Religiosa. La orden la dio porque sabíamos que de volver Obregón a la presidencia, se iba a convertir en otro Oliverio Cronwell, quien en el siglo XVII asesinó en Inglaterra a Carlos I. Ahora bien, Cronwell fue un patriota porque nació en Inglaterra, pero en cambio, Obregón, que recibió la orden de los sionistas de Nueva York de asesinar a Carranza y devolverles así todo lo que les habían quitado a partir de la Constitución de 1917, como por ejemplo el petróleo... iba a perpetrar otra traición... Su ejecución se debió a que fue un traidor a México”.
También Andrés Barquin, biógrafo de Luis Segura Vilchis, y otros autores cristeros, como Antonio Rius Facius, han abonado a esta teoría.
Según ellos, el propósito y la decisión de matar a Obregón no fueron circunstanciales ni repentinos, sino tarea meditada y preparada con el mayor cuidado, con el propósito de que en lo sucesivo pudiera haber libertad religiosa en México. Los “ligueros”, aparentemente, hacían un parangón con la situación de los irlandeses, asediados por el dominio británico en el siglo XVII, y su inspiración la tomaron del pasaje bíblico de Judith, asesina de Holofernes. Así habría sido como el comité directivo de la Liga llegó a la conclusión de que era indispensable el “tiranicidio”, y preparó los planes para el crimen.
Sin embargo, Alfonso Taracena coincide con Ríos Zertuche y afirma que tanto Toral como la madre Conchita y Castro Balda fueron en realidad instrumentos de Morones, y que el “director intelectual” de la maniobra fue Calles, “porque aquél no hacía nada sin su orden”. Y además, aporta algunas pruebas: 1) La pistola con que Toral asesinó a Obregón fue traída de España por Celestino Gasca (uno de los altos líderes del laborismo), y le fue entregada en propia mano por Manuel Trejo Morales, quien era miembro del Partido Laborista y había trabajado al servicio de Morones. 2) Los detectives responsables de las investigaciones, Pablo Meneses y Valente Quintana, aseguraban que habían podido comprobar que las actividades de la Madre Conchita fueron financiadas por Morones y hablaban de las hermanas Recamier, hijas de una hermana de la religiosa, que eran bien conocidas en las fiestas que se daban en la residencia de Morones, y una de las cuales, Margarita, fue incluso esposa de éste. 3) Otro líder laborista, José López Cortés, era amigo de los propietarios de la casa que tenía rentada la Madre Conchita en la calle de Zaragoza, y no solamente “garantizaba” las rentas de la misma, sino que era propietario de la casa contigua, adonde se llegó a ver al propio Morones. 4) Además, consta en el expediente del crimen las declaraciones de María Elena Manzano, otra asidua al convento de la Madre Conchita, quien dijo que había visto a ésta varias veces con Samuel Yúdico, brazo derecho de Morones y quien casualmente murió en circunstancias misteriosas poco antes del asesinato de Obregón. 5) Esta señorita Manzano era a su vez, sobrina de Paulino Manzano, secretario de Celestino Gasca, y además novia de Carlos Castro Balda, quien fue el encargado de rentar la casa para el convento de la madre Conchita y había trabajado en el Ayuntamiento de la Ciudad de México cuando estuvo al mando de los laboristas.
El hecho es que, en el expediente de la Causa de Beatificación del Padre Pro existe una declaración extraprocesal realizada en 1962 por el señor José L. Rivera (a) “El Gato”, quien aseguraba haber formado parte del grupo de la Liga Nacional de la Defensa Religiosa que preparaba la muerte de Obregón, y que la víspera del atentado el día 4 de julio de 1928, hubo una reunión en la calle de Luisa número 24 (antes calle Nativitas), entre Calles, Morones y Roberto Cruz, y que habían decretado dar muerte a Obregón en "La Bombilla", comisionando para ello a Fidel Velásquez, Fernando Amilpa, Valentín Campa y otros.
Según esta versión, corroborada por otros acontecimientos, en efecto, Toral habría hecho el primer disparo, pero en el cadáver de Obregón se encontraron 13 balazos, discrepancia fundamental que se negaron a investigar los jueces, a pesar de la protesta del defensor de Toral, Demetrio Sodi, y de su reclamo de que era necesaria la autopsia.
Esto, más la circunstancia de que los meseros que sirvieron el 17 de julio en “La Bombilla” eran miembros de la CROM, da cierta verosimilitud a la afirmación de que Obregón habría recibido más disparos. Y vendría a confirmar por otro lado, lo que según Rios Facius, un historiador de la Cristiada, solía decir Palomar y Vizcarra: “Muchos dispararon contra Obregón, pero el mérito fue de Toral”.
Lo que explica también la festinación de Calles de acudir inmediatamente a la Inspección de Policía para ver quién era el asesino de Obregón y su satisfacción al ver que era un católico, así como su hábil maniobra de entregar la Inspección General de Policía a los obregonistas, para librarse él de la responsabilidad y la sospecha que ya lo señalaba como posible autor del crimen.
Cabe señalar que cuando Calles declaró a la prensa que Toral era un fanático clerical, en presencia de los periodistas, lo interrumpió Topete gritándole: “Usted, no Toral, dice eso”.
En todo caso, esto fue lo que creyeron siempre los obregonistas, que nunca dejaron de acusar a Calles de ser el “responsable verdadero y directo” del crimen, e incluso se levantaron en armas en marzo de 1929 mediante el “Plan de Hermosillo”.
El asesinato de Alvaro Obregón se contextualiza en el tiempo de la guerra cristera y la lucha por el poder dentro del grupo Sonorense que arribó tras el derrocamiento de Venustiano Carranza.
Según los enemigos de Obregón, éste tenía planeado reelegirse interminablemente, igual que Porfirio Díaz. Según los enemigos de Obregón y Plutarco Elías Calles, ambos pensaban alternarse en el poder para instaurar una dictadura bicéfala. Y según los obregonistas, diversos factores mediaron para decidir al general Obregón a admitir que fuera lanzada su reelección. Una, fue el fracaso de la candidatura de Francisco Serrano. Pero el factor decisivo, según el mismo Obregón lo llegó a decir, fue el descubrimiento que entonces se hizo del pacto secreto concertado entre Calles y Luis N. Morones para entregarle el poder a la CROM, disolver el Ejército Nacional y reemplazarlo por un "Ejército del Proletariado" formado por batallones de los sindicatos cromistas.
Obregón fue pues, a la campaña, con la abierta oposición de Morones y de la CROM, y con a enigmática actitud de Calles, que según muchas versiones, se mostraba contrario a la idea de la reelección.
Fueron días difíciles, por un lado la guerra civil que dividía al país a consecuencia de la persecución religiosa, y por otro los enfrentamientos del grupo en el poder.
Morones y los suyos afirmaban con insistencia y sin recato que Obregón "no llegaría al poder". Y hubo un momento en que el líder obrero hasta llegó a amenazar públicamente diciendo que para impedir el triunfo de Obregón "se levantarían barricadas", de ser preciso.
El hecho es que la labor de zapa de los cromistas contra Obregón se mantuvo constante hasta la muerte del caudillo. Y los pataleos de Morones por obtener para sí la candidatura duraron hasta bien entradas las campañas.
Lo enconado de la disputa por el poder, la saña persecutoria contra los católicos, la Guerra Cristera, los ajusticiamientos de los candidatos antiobregonistas, en suma, todo el terror impuesto por Calles, más que allanarle el camino a Obregón parecían obstaculizarlo una y otra vez, pero además contribuían a exhibirlo como un feroz ambicioso que no reparaba en medios para llegar a su fin, de tal manera que se fue colocando en el ambiente, casi como algo inevitable, la necesaria desaparición del caudillo, y se empezó a temer la peor de las traiciones.
El día de las elecciones, el primer domingo de julio de 1928, Obregón permaneció en Navojoa, y ese mismo día empezó a planear su viaje a la Ciudad de México. Las comisiones que llegaban a felicitarlo insistían en los rumores de que sería asesinado a su llegada. Y sin embargo, una vez más hizo oídos sordos.
Cuando Obregón y sus acompañantes llegaron a México el 15 de julio, los rumores del inminente atentado eran tan abiertos, que hasta estaba en escena, en el Teatro María Guerrero, la revista “A ver si se sienta”.
Sólo dos eventos públicos tenía programado Obregón en la Ciudad de México, uno el día de su llegada, un acto multitudinario, y otro el 17, una invitación de la diputación guanajuatense a una comida en honor.
Dice Dulles que, pensando que en esas condiciones la asistencia del presidente electo a un banquete “era una imprudencia”, algunos de sus allegados, para evitar riesgos, inventaron una excusa; pero que intervino el secretario particular de Calles, Fernando Torreblanca, “e hizo los arreglos para que Obregón concurriera a la comida de ‘La Bombilla’”.
Ahí, en "La Bombilla" Obregón fue asesinado por José De León Toral, de quien oficialmente se dijo era un católico fanático que seguía ordenes del clero.
La verdad es que los obregonistas no creyeron esto, y el jefe de la Policía que ellos mismos obligaron a Calles a nombrar, para hacer las investigaciones, el general Antonio Ríos Zertuche, aseguraba que “las investigaciones... nunca revelaron que Toral hubiera actuado por órdenes del Clero y que la Iglesia Católica o los creyentes mexicanos, como gremio, tuvieran culpabilidad en el asesinato... De hecho, no hubo prueba alguna que hiciera imputable al Clero ni a la Iglesia Católica del magnicidio. En cambio, multitud de datos y evidencias concurrían a confirmar la responsabilidad de Morones y los primates de la CROM”.
Con el resultado de todas estas investigaciones, el jefe de la Policía llegó a dar la orden de que se alistara una compañía de policías armados para aprehender a Morones, sólo que llegó esto a conocimiento del general Calles, quien inmediatamente lo mandó llamar y le ordenó que como él consideraba que el crimen era de origen religioso y que nada tenía de político, debían encauzarse las investigaciones en tal sentido.
Calles le dijo a Ríos Zertuche, además, que tomara en consideración que la aprehensión de un miembro de su gabinete haría recaer responsabilidades sobre su gobierno y sobre él mismo, y que seguramente la intención de llevar adelante aquellas aprehensiones ocasionaría una crisis tremenda.
Aceptó entonces Ríos Zertuche dar contraorden en la aprehensión de Morones, pero pidió su relevo, a lo que Calles le contestó que su deber era disciplinarse así que debía entregar a la prensa unas declaraciones concluyendo las investigaciones había probado que la culpa del crimen de Obregón era del Clero y de los católicos.
En realidad sí había una conspiración para asesinar Obregón, por parte de algunos clericales, en concreto por la Liga de la Defensa de la Libertad Religiosa, que se dedicó a adiestrar a un grupo selecto de católicos en el manejo de armas, les impartió cátedras de historia, filosofía, política, religión, etc., y los convenció sobre la licitud del “tiranicidio” para “salvar” a la patria.
Según esta versión, hubo al menos dos intentos fallidos para asesinar a Obregón. Uno que consideraba minar el paso del ferrocarril donde viajaba el presidente electo, y otro de un grupo de mujeres, dotadas de agujas envenenadas, que tenían que acercarse a él y clavárselas hasta matarlo.
El más sonado fue el que involucró al padre Miguel Agustín Pro, el que dirigió el ingeniero Luis Segura Vilchis, el 13 de noviembre de 1927, y la supuesta participación del padre Pro se reducía a su amistad con Segura Vilchis. Hasta que finalmente José de León Toral logró consumar la directiva, supuestamente ayudado por otro sacerdote, e “iluminado” por el comentario de una monja, la madre Conchita, quien le habría dicho: “Quiera Dios enviar un rayo para Obregón, a Calles y al patriarca Pérez”, que los juzgadores interpretaron como la orden para el crimen.
Ahora bien, en cuanto a ésta última versión, es verídico que Carlos Castro Balda y la llamada Madre Conchita, sor Concepción Acevedo de la LLata, siempre sostuvieron que independientemente de que en ella nada había tenido que ver la monja, sí había existido una orden de la Liga para matar a Obregón, pues se consideraba que él mandaba a Calles y por tanto, que era el verdadero autor de la persecución religiosa.
“En primer lugar –solía explicar Castro Balda-, no fue asesinato sino ejecución. Y el asunto estuvo así: fue ordenado por el licenciado Miguel Palomar y Vizcarra que era el jefe militar e ideológico que teníamos en la Liga Nacional de la Defensa Religiosa. La orden la dio porque sabíamos que de volver Obregón a la presidencia, se iba a convertir en otro Oliverio Cronwell, quien en el siglo XVII asesinó en Inglaterra a Carlos I. Ahora bien, Cronwell fue un patriota porque nació en Inglaterra, pero en cambio, Obregón, que recibió la orden de los sionistas de Nueva York de asesinar a Carranza y devolverles así todo lo que les habían quitado a partir de la Constitución de 1917, como por ejemplo el petróleo... iba a perpetrar otra traición... Su ejecución se debió a que fue un traidor a México”.
También Andrés Barquin, biógrafo de Luis Segura Vilchis, y otros autores cristeros, como Antonio Rius Facius, han abonado a esta teoría.
Según ellos, el propósito y la decisión de matar a Obregón no fueron circunstanciales ni repentinos, sino tarea meditada y preparada con el mayor cuidado, con el propósito de que en lo sucesivo pudiera haber libertad religiosa en México. Los “ligueros”, aparentemente, hacían un parangón con la situación de los irlandeses, asediados por el dominio británico en el siglo XVII, y su inspiración la tomaron del pasaje bíblico de Judith, asesina de Holofernes. Así habría sido como el comité directivo de la Liga llegó a la conclusión de que era indispensable el “tiranicidio”, y preparó los planes para el crimen.
Sin embargo, Alfonso Taracena coincide con Ríos Zertuche y afirma que tanto Toral como la madre Conchita y Castro Balda fueron en realidad instrumentos de Morones, y que el “director intelectual” de la maniobra fue Calles, “porque aquél no hacía nada sin su orden”. Y además, aporta algunas pruebas: 1) La pistola con que Toral asesinó a Obregón fue traída de España por Celestino Gasca (uno de los altos líderes del laborismo), y le fue entregada en propia mano por Manuel Trejo Morales, quien era miembro del Partido Laborista y había trabajado al servicio de Morones. 2) Los detectives responsables de las investigaciones, Pablo Meneses y Valente Quintana, aseguraban que habían podido comprobar que las actividades de la Madre Conchita fueron financiadas por Morones y hablaban de las hermanas Recamier, hijas de una hermana de la religiosa, que eran bien conocidas en las fiestas que se daban en la residencia de Morones, y una de las cuales, Margarita, fue incluso esposa de éste. 3) Otro líder laborista, José López Cortés, era amigo de los propietarios de la casa que tenía rentada la Madre Conchita en la calle de Zaragoza, y no solamente “garantizaba” las rentas de la misma, sino que era propietario de la casa contigua, adonde se llegó a ver al propio Morones. 4) Además, consta en el expediente del crimen las declaraciones de María Elena Manzano, otra asidua al convento de la Madre Conchita, quien dijo que había visto a ésta varias veces con Samuel Yúdico, brazo derecho de Morones y quien casualmente murió en circunstancias misteriosas poco antes del asesinato de Obregón. 5) Esta señorita Manzano era a su vez, sobrina de Paulino Manzano, secretario de Celestino Gasca, y además novia de Carlos Castro Balda, quien fue el encargado de rentar la casa para el convento de la madre Conchita y había trabajado en el Ayuntamiento de la Ciudad de México cuando estuvo al mando de los laboristas.
El hecho es que, en el expediente de la Causa de Beatificación del Padre Pro existe una declaración extraprocesal realizada en 1962 por el señor José L. Rivera (a) “El Gato”, quien aseguraba haber formado parte del grupo de la Liga Nacional de la Defensa Religiosa que preparaba la muerte de Obregón, y que la víspera del atentado el día 4 de julio de 1928, hubo una reunión en la calle de Luisa número 24 (antes calle Nativitas), entre Calles, Morones y Roberto Cruz, y que habían decretado dar muerte a Obregón en "La Bombilla", comisionando para ello a Fidel Velásquez, Fernando Amilpa, Valentín Campa y otros.
Según esta versión, corroborada por otros acontecimientos, en efecto, Toral habría hecho el primer disparo, pero en el cadáver de Obregón se encontraron 13 balazos, discrepancia fundamental que se negaron a investigar los jueces, a pesar de la protesta del defensor de Toral, Demetrio Sodi, y de su reclamo de que era necesaria la autopsia.
Esto, más la circunstancia de que los meseros que sirvieron el 17 de julio en “La Bombilla” eran miembros de la CROM, da cierta verosimilitud a la afirmación de que Obregón habría recibido más disparos. Y vendría a confirmar por otro lado, lo que según Rios Facius, un historiador de la Cristiada, solía decir Palomar y Vizcarra: “Muchos dispararon contra Obregón, pero el mérito fue de Toral”.
Lo que explica también la festinación de Calles de acudir inmediatamente a la Inspección de Policía para ver quién era el asesino de Obregón y su satisfacción al ver que era un católico, así como su hábil maniobra de entregar la Inspección General de Policía a los obregonistas, para librarse él de la responsabilidad y la sospecha que ya lo señalaba como posible autor del crimen.
Cabe señalar que cuando Calles declaró a la prensa que Toral era un fanático clerical, en presencia de los periodistas, lo interrumpió Topete gritándole: “Usted, no Toral, dice eso”.
En todo caso, esto fue lo que creyeron siempre los obregonistas, que nunca dejaron de acusar a Calles de ser el “responsable verdadero y directo” del crimen, e incluso se levantaron en armas en marzo de 1929 mediante el “Plan de Hermosillo”.






