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Antonio López de Santa Anna toma posesión del poder por vez primera. |
Dirán que la degradación de la democracia
no sólo pasa en México, que es “la condición humana”; pero el hecho es que cada
país ha resuelto sus elecciones mediante leyes que garantizan más o menos su
transparencia y confiabilidad. Es decir, que gracias a eso no son lo mismo las
elecciones en Estados Unidos o en Francia que en México o en Honduras. Y no por
razón de raza o condición económica, por cierto, sino por algo muy simple: por
el marco legal e institucional que en cada uno de estos países rige. El punto
es que México viene de una tradición antidemocrática muy acendrada que no hemos
sabido o querido superar. Prácticas amañadas para torcer la voluntad de los
ciudadanos que no datan de hace unos años sino que nacen junto con la nación. Y
muy seguramente nos vienen de mucho antes.
En 1828 se produjo el primer
fraude en una elección presidencial de nuestra historia, y el autor fue nada
menos que Guadalupe Victoria.
Pasó que el partido de los
escoceses, resentido, se alió con algunos aristócratas y con los españoles que
quedaban para apoyar la candidatura del secretario de Guerra Manuel Gómez
Pedraza contra la del candidato de los yorkinos, el general Vicente Guerrero. Y
Victoria los apoyó.
De espíritu cambiante que
ocultaba en un ánimo conciliador, cuentan sus contemporáneos que Victoria
carecía de opinión propia porque siempre se ufanó en querer satisfacer a todos,
así que después de haber sido ungido con el apoyo de los yorkinos de un día
para otro los dejó de favorecer y usó todos los recursos del gobierno para
ayudar a sus adversarios, los escoceses. Hubo en esas elecciones pues, presiones,
uso indebido del poder, amenazas y soborno, consiguiendo Victoria que las legislaturas
locales –que eran las que entonces elegían presidente- nombraran a Gómez
Pedraza. Votaron 18 estados. 11 legislaturas a favor de Gómez Pedraza, 10 de Guerrero.
Las demás se distribuyeron entre otros candidatos.
Sólo que la logia yorquina
respondió con el Pronunciamiento de Perote que acaudilló Antonio López
de Santa Anna proclamando “presidente legítimo” a Guerrero, y la rebeldía empezó
a generalizarse. Se dice que también tuvo en ello un papel muy activo el
embajador norteamericano Joel R. Poinsett. En la Ciudad de México los
yorkinos, encabezados por Lorenzo de Zavala, azuzaron al pueblo para que
saliera a las calles y luego no lo pudieron contener: hubo motines en todo el
centro, el populacho tomó Palacio Nacional y saqueó e incendió el mercado del
Parián, donde se asentaba la mayor parte del comercio de la ciudad, dejándolo
hecho cenizas.
La Cámara de Diputados,
presionada por los motines, desconoció el triunfo que se le había dado a
Pedraza, y nombró presidente a Guerrero. Espantado,
Gómez Pedraza huyó del país.
Parecía que al fin iban a tomar
el poder los insurgentes pero tan pronto se declaró presidente a Guerrero empezaron
las traiciones. Basta decir que después de que él nombró a su vez como su vicepresidente
a un ex jefe realista considerado “hijo político” de Iturbide, el general
Anastasio Bustamante, este nunca dejó de conspirar, apoyado por los sectores aristócratas.
Su traición es escandalosa
pero no única desgraciadamente en nuestra historia. Bustamante era yorkino, por
eso llegó a tener la confianza de Guerrero, sólo que tan pronto lo hizo
vicepresidente se pasó a las filas de los escoceses y negoció secretamente con
ellos, para eliminar a Guerrero. Estaban molestos por tener en la presidencia a un mulato e ignorante,
“que no sabía bailar”, pero sobre todo por tratarse de un insurgente y además perteneciente
al partido popular.
La verdad es que Guerrero gobernante
inició la revolución que se proponían Hidalgo y Morelos.
Porque
la proclamación de la independencia por Iturbide no significó el triunfo de la
lucha de sus iniciadores, y por lo mismo tampoco la paz real. Se ha criticado
mucho el que durante toda la primera mitad de nuestra vida independiente nos la
hubiéramos pasado en guerra, golpes, asonadas, revueltas… cuando en realidad
toda esa inestabilidad tuvo una muy profunda razón de ser: cumplir con lo que
ya bosquejaba Hidalgo desde el inicio de la lucha; cumplir los “Sentimientos de
la Nación de
Morelos, la Ley
de Apatzingán; hacer pues la verdadera independencia; en síntesis, implantar el
liberalismo en México. Una empresa que se llevaría más de 30 años.
Y
por cierto que no fue Iturbide el que la empezó. Fue Guerrero, ya siendo
presidente, 7 años después de consumada la independencia. Las primeras
disposiciones agrarias, los primeros intentos de dar al pueblo educación
gratuita, las primeras disposiciones sobre los bienes eclesiásticos, los hizo
él. Fue Guerrero quien proclamó la forma de República Representativa Popular
Federal; quien hizo realidad el decreto de abolición de la esclavitud de
Hidalgo y quien terminó incluso la expulsión de los españoles.
Fue todo eso desde luego
también
el inicio de la lucha entre liberales y conservadores que llevó a una guerra
civil y que dividió por más de 40 años a los mexicanos. Toda una lección para los que quieren revivir aquella pugna,
total y absolutamente dirimida, con una absurda guerra sucia cuyos efectos
negativos ya hemos padecido los últimos 6 años.
Y hay que agregar, a favor de
Guerrero, que a pesar de haber sido encumbrado por los yorkinos y de su gran
amistad con Poinsett nunca fue presa de las ambiciones de unos y otro: cuando
recibió una oferta del embajador para comprar Texas, esperando que aceptará
dócilmente, Guerrero se negó y hasta hizo el intento de alejarse de ambos: no
tuvo empacho en declarar persona non grata al embajador ni en decretar la
desaparición de todas las logias. Dos
decisiones sumamente temerarias, porque tan luego las adopta empiezan los
levantamientos que culminan con el golpe de estado del vicepresidente
Bustamante y la declaración del
Congreso, el mismo que lo había encumbrado un año antes, diciendo que era
incapaz de ser presidente.
Derrotado por sus enemigos
en el campo de batalla, Guerrero cae en una emboscada financiada por el
ministro de Hacienda Lorenzo de Zavala y el de Guerra José Antonio Facio. Una
decisión, según el cínico de Alamán, que culminó con la orden de que se diera
muerte a Guerrero, que se tomó en un Consejo de Ministros presidido Bustamante.
Entonces Santa Anna lanzó un
nuevo plan y pidió el regreso de Gómez Pedraza, proclamándolo “presidente
legitimo” y que debía venir a terminar su mandato, nada menos que por el que
había sido electo en las cuestionadas elecciones de 1828. Un absurdo, toda vez
que ese año Santa Ana había proclamado lo contrario. Pero así era Santa Anna, y
así suele ser el trazo de nuestra historia política.
Protegido por los masones,
Gómez Pedraza vivía refugiado en Nueva Orleáns, adonde se dice que llegó a un
acuerdo con los liberales radicales o “puros” para impulsar en México las
reformas para limitar el poder del clero y del ejército. Como la masonería mexicana
estaba descabezada, desaparecidos los ritos escocés y yorkino, se empezaron a
organizar otros ritos para revivirla, y Gómez Pedraza juega en esto un papel
clave. A él se debe el surgimiento de las llamadas logias anfictiónicas,
resultado de lo cual se crea el Rito Nacional Mexicano y el de los Masones
Yorkinos Federalistas. Así que apoyado por ellos, y por Santa Anna, Gómez
Pedraza regresó al país.
Fue el inicio del Partido
Liberal propiamente dicho, con un plan claro. Como el pacto era darle el poder
a los liberales “puros”, Gómez Pedraza se rodeó de los ex yorkinos que lo
habían derrocado, de Valentín Gómez Farías, de Miguel Ramos Arizpe y de Lorenzo
Zavala, y preparó con ellos las elecciones para que ganaran Santa Anna y Gómez
Farías.
Otras elecciones amañadas
pero por nadie cuestionadas.
Publicado en Unomasuno el 24 de abril de 2012.
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