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Caricatura de Juárez y Díaz en los años en que éste era el ídolo de los "Puros". |
Pocos recuerdan que Porfirio
Díaz fue el autor de la frase "Sufragio Efectivo No Reelección". La
acuñó en 1871, cuando se levantó en armas contra Benito Juárez y advirtió: "Que ningún ciudadano se imponga y
perpetúe en el ejercicio del poder, y esta será la última revolución".
Díaz
fue un general fundamental de la causa liberal y
republicana y tuvo gestos de gran valor y patriotismo que lo hicieron el ídolo
de los liberales “Puros”, de personajes como Ignacio Ramírez y Vicente Riva
Palacio, y le ganaron el respeto del pueblo.
Se sabía, por ejemplo, que cuando el
levantamiento de Ayutla y Antonio López de Santa Anna convocó a un plebiscito
para detectar quien lo apoyaba y quien no, Díaz votó en voz alta en contra de
Santa Anna, lo que era un delito.
En 1864, cuando fue derrotado en
Puebla, los jefes franceses le dieron la bienvenida a sus filas. Maximiliano en
persona fue hasta Puebla para platicar con él, pero Díaz le respondió que si
quería verlo fuera a la cárcel, y terminantemente se negó a colaborar con él.
Y en mayo de 1867 cuando estaba por
entrar a la Ciudad
de México, recibió infinidad de ofertas. De Leonardo Márquez; de Marcos
Otterbourg, Cónsul de los Estados Unidos; del padre Fisher, consejero de
Maximiliano, entre otros, para negociar la entrega de la capital a cambio de
hacer a un lado tanto a los imperialistas como a Juárez, tomando el poder para
sí. Pero Díaz rechazó todas las proposiciones. Y fue implacable, hasta que
obligó a lo que quedaba de las fuerzas imperialistas a levantar la bandera
blanca.
Se dice que Juárez lo marginó por
ingratitud o miedo, pero la verdad es que tenía sus razones para obrar como lo
hizo. A la caída de la Ciudad
corrían rumores de que Justo Benítez, secretario de Díaz, había estado muy activo
trabajando entre los militares republicanos buscando su apoyo para que Díaz se
apoderara del gobierno al triunfo de la causa. Y Mariano Escobedo le aseguró a
Juárez que Díaz le había propuesto desconocerlo para que gobernara el país un
triunvirato conformado por Díaz, Escobedo y Ramón Corona. Y entonces, Juárez le
pidió a Escobedo que enviara tropas a la Ciudad de México para vigilarlo e impedir
cualquier acto de rebelión. Que sólo por eso no se insubordinó ni tomó el
poder.
El hecho es que las fuerzas
republicanas entraron triunfalmente el 21 de junio y Juárez lo hizo hasta el 15
de julio porque retrasó su retorno, se dice que precisamente, por desconfianza
en Díaz.
Díaz le preparó una gran recepción.
Hizo adornar las calles y fue a caballo con su estado mayor hasta Tlalpan para
esperar al Presidente, quien venía en su ya legendario carruaje negro. En
cuanto llegó, Díaz desmontó para saludarlo, pero Juárez lo recibió fríamente
sin invitarlo a que lo acompañara en su coche y siguió su camino.
Aunque la recepción a Juárez fue
espléndida era evidente la tensión, por lo que un grupo de amigos de Díaz
organizó un banquete en nombre de éste para homenajear a Juárez y apaciguarlo.
En un momento, cuando Juárez agradeció a Díaz, este le respondió en forma
incoherente y vaga. Todo mundo se desconcertó. Al día siguiente Díaz tuvo el
talante para desmentir en la prensa haber sido el organizador de la comida.
Juárez lo llamó a Palacio.
-Porfirio, su negativa es un grito
de alarma en el Ejército, le dijo. Y tuvieron una conversación llena de
reproches.
Después de eso, Díaz renunció a su cargo,
cobró sus haberes y pagó a sus tropas. Y se retiró, con una aureola de militar
probo y desinteresado. El gobierno de Oaxaca le regaló la hacienda de La Noria y allá se retiró a
descansar, sólo que como la agitación continuaba el lugar pronto se convirtió
en centro de peregrinaje de altos militares, gobernadores, diputados,
periodistas inconformes con el gobierno que veían en él una esperanza.
Se acusaba a Juárez de haberse
vuelto “demasiado moderado”, casi un conservador y de traicionar al liberalismo
al grado de que los “Puros” lo bautizaron con el mote del “Cura” y a su
gabinete como “el curato”. La situación empeoró cuando Juárez mandó una
iniciativa pidiendo mayores poderes para el Presidente y abogando porque se
diera el voto a los sacerdotes.
Se formaron tres partidos. El juarista,
el lerdista que de hecho eran lo mismo, y el porfirista que era en realidad lo
que quedaba del partido “Puro”, y lo conformaban entre otros Ignacio Ramírez,
Vicente Riva Palacio, Potasio Tagle y Guillermo Prieto.
Cuando hubo elecciones en 1868 cada
uno lanzó a su candidato. Fueron calificadas de ilegales por la presión del
gobierno para ganarlas, sobre todo compra de votos y provocó una ola de
inconformidad al grado de que se produjeron varios levantamientos, en Yucatán,
Sinaloa y Puebla entre otros. Fueron derrotados pero un año después se registró
otro alzamiento en San Luis Potosí y la situación se complicó aún más cuando se
levantaron en Zacatecas el general Trinidad García y en Aguascalientes el
general Toledo.
En ese ambiente, en 1871 Porfirio Díaz
regresó sorpresivamente a la política como diputado, tuvo una desafortunada
participación en el Congreso y regresó a la Noria. Todavía se resistía a
enfrentarse a Juárez abiertamente.
Ese año, de cara a las nuevas
elecciones, Juárez volvió a presentar su reelección y Díaz volvió a competirle.
También Lerdo se presentó, un juego que le gustaba jugar a Juárez para dividir
los votos.
En enero de 1871 se formó un “Club
Central Porfirista” para apoyar políticamente a Díaz pero era fama pública que el
verdadero plan era iniciar una rebelión antes de las elecciones. Y de hecho,
tan pronto arrancaron las campañas empezaron los levantamientos. Todos decían
que eran porfiristas pero Díaz negaba invariablemente estar de acuerdo con
ellos. El más serio tuvo lugar en la
Ciudad de México, se levantó en armas la gendarmería encabezada
por el general Miguel Negrete, héroe del 5 de mayo. Se apoderaron de La Ciudadela. Saquearon
los comercios de San Cosme y el gobernador del DF fue asesinado. Parecía que se
iban a imponer, pero la rebelión fue ahogada en sangre, todos sus instigadores
fueron fusilados. Y se cuenta que las sentencias las firmó Sóstenes Rocha
envalentonado por una botella de cognac.
Hechas las elecciones en julio, ningún
candidato obtuvo la mayoría absoluta: Juárez, 5,837; Díaz, 3,555; Lerdo 2,874,
por lo que tocó al Congreso hacer la designación final de entre los dos con
mayor número de votos. Lo que pasó es que se declaró triunfador a Juárez porque
la mayoría era juarista, y secundaron los lerdistas, pero esto provocó nuevas
acusaciones de fraude de los porfiristas y hubo nuevas revueltas. Se levantaron
en armas en nombre de la democracia entre otros Donato Guerra, Juan N. Méndez,
y Jerónimo Treviño. Al fin don Porfirio se decidió y el 8 de noviembre lanzó el
Plan de la Noria. Fue cuando acuñó esa sentencia del “sufragio
efectivo, no reelección”.
Reprochaba en él la injerencia del
gobierno en las elecciones, Y aún así, el nombre de Juárez contra iba dirigido
el Plan, no aparece ni una sola vez en ese documento, una muestra del respeto
de Díaz hacia él.
La rebelión porfirista fue un
fracaso.
Juárez pasó sus últimos meses de vida luchando contra los sublevados.
Díaz anduvo algún tiempo a salto de mata, hasta que el 18 de julio de 1872 murió
Juárez, tomó el poder Lerdo y decretó una amnistía.
Las elecciones seguían estando en entredicho…
Publicado en Unomasuno el 5 de junio de 2012.
3 comentarios:
muy buena respuesta gracias
que buena respuesta
me parece muy buena su información; le sugiero que cite las fuentes de sus ilustraciones siempre- mtro. en historia enrique romero
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