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Valentín Gómez Farías, el liberal radical eterno acompañante de Santa Anna. |
Tras el golpe de estado de Anastasio
Bustamante y el artero asesinato de Vicente Guerrero, los escoceses recuperaron
momentáneamente el control. Fue un cambio tajante de la política que se había
seguido desde 1825, porque Bustamante traicionó no sólo a Guerrero sino a los
yorkinos y al partido popular que lo habían hecho vicepresidente. Todo su
gabinete fue de centralistas y escoceses, totalmente favorable a la
aristocracia, los terratenientes, los comerciantes y los “hombres de bien”.
Lucas Alamán se convirtió en la eminencia gris, al grado de que a ese período
se le conoce como la “Administración Alamán”.
Y lo primero que hizo fue
destituir diputados y senadores enemigos. Desterrar a las principales figuras del
gobierno de Guerrero. Limitar la libertad de prensa, y suprimir toda oposición.
Si bien mantuvo las formas
republicanas y federales, en los hechos Bustamante –a quien el pueblo llamaba
despectivamente “Brutamante”- gobernó con las maneras centralistas y
autoritarias. Una práctica que luego se institucionalizaría: gobernar con leyes
para un tipo de gobierno y ejercer otro. Declarando una cosa y haciendo otra.
Sin embargo, un gobierno de
ese tipo siempre es endeble y la desestabilización estalló. Nuevos
levantamientos y planes opositores proliferaron. Y la masonería yorkina,
portadora del programa popular, se empezó a reorganizar. Ante la imposibilidad
de renacer como tal, en 1825 sus principales dirigentes crearon el Rito Nacional
Mexicano, que mostraría su mayor activismo hacia 1831, año en el que el gobierno
entró en crisis y se planteó el problema de la sucesión presidencial.
Había 2 candidatos con
posibilidades: el ex yorkino Antonio López de Santa Anna y el candidato del
gobierno Manuel Mier y Terán, quien como siempre en estos casos tenía todo arreglado
para salir “triunfador”.
Pero pasó que en enero de
1832 el general Pedro Landero se pronunció y reconoció el mando de Santa Anna, a
valores entendidos porque éste decidió jugar la pantomima del falso demócrata:
negó simpatizar con los revoltosos, sólo en apariencia, y le juró lealtad a
Bustamante. En ese momento tenía en contra a los conservadores y moderados que
apoyaban a Mier. Sólo lo apoyaban los antiguos yorkinos y los adictos a
Guerrero y sabía que no podía obtener la presidencia sin el respaldo de quienes
estaban en el poder. Así que fraguó un plan: dejar que la revuelta avanzara sin
apoyarla abiertamente, a fin de forzar el aplazamiento por unos meses de las
elecciones y devolverle la presidencia a quien en 1828 había combatido, a
Manuel Gómez Pedraza, para que, debiéndole el favor, convocara a nuevas
elecciones éstas si a modo para que él ganara.
Lo siguiente que hizo Santa
Anna fue que mandó por Pedraza a Nueva Orleáns, donde se encontraba, y puso a
su disposición un barco y 6 mil pesos.
Fue una lucha de ingenios, a
la mala. Alamán, que tenía un formidable cuerpo de agentes en todo el país,
trató de frenar la conspiración y, raudo, recurrió al clero. Le dieron recursos
en apoyo del gobierno e hicieron propaganda en todos los templos en contra de
los golpistas.
Dos factores corrieron a
favor de Santa Anna: uno fue el descontento popular, que materialmente se
desbordó, al grado de que el pedimento de la renuncia de todo el gabinete
pronto se hizo clamor y Alamán tuvo que dimitir. Y otro factor no menos
decisivo fue que el gobierno perdió a su candidato cuando Mier y Terán se
suicidó. Efectivamente, el hombre que era el delfín de Bustamante, por razones
que se ignoran se quitó la vida con su propia espada en el mismo lugar donde
vivió Iturbide sus últimas horas.
Presionado por todos lados,
Bustamante salió de la capital para enfrentar la revuelta y nombró presidente
interino al general Melchor Muzquiz que, desde luego, Santa Anna y los
sublevados se negaron a reconocer.
Se sabía que Alamán y los ex
ministros de Bustamante estaban trabajando tras bambalinas para influir en las
campañas. Con sus agentes y con el apoyo del clero estaban listos para
intervenir e inclinar la balanza, así que cuando finalmente se llevaron a cabo
las elecciones y el ganador fue Nicolás Bravo, este tampoco fue reconocido por
prácticamente nadie.
Bustamante acabó por
capitular. En el mes de diciembre aceptó el plan de Santa Anna de entregar el
poder a Gómez Pedraza y hacer nuevas elecciones convocadas por éste que,
obviamente, elegirían sin problemas a Santa Anna.
Había tal descontento contra
el gobierno que prácticamente todos se hicieron santaanistas: conservadores,
liberales, antiguos yorkinos y antiguos escoceses. Todos estaban hartos de la
hegemonía de Alamán y su política.
Así entró Santa Anna a la
historia, el primer gobierno de coalición.
Hay que recordar que entonces
el que ganaba más votos era Presidente y el segundo en número de votos era el
Vicepresidente.
Cuando en 1833 Gómez Pedraza
hizo las elecciones para llevar al poder a Santa Anna, éste negoció con los
liberales puros que el Vicepresidente fuera Valentín Gómez Farías con el objeto
de hacer las reformas liberales. El decía que quería hacer un gobierno de
“unidad nacional” pero en realidad quería asegurarse el poder y controlar a
todos los partidos, por lo que, nada tonto, hizo acuerdos también con los
conservadores y los centralistas, “por si algo salía mal y las reformas no
cuajaban”.
Es decir, que Santa Anna inició
haciendo un gobierno liberal, de izquierda o “rojo” como le decían entonces,
sólo que para no correr riesgos dejó a don Valentín la responsabilidad de sacar
adelante el programa liberal.
Ni siquiera acudió a tomar
posesión, dejó que asumiera interinamente en su lugar Gómez Farías. Y se fue a
esperar tranquilamente mientras acaecía el primer intento de Reforma en México.
Y fracasó, porque cuando estaban iniciándose las transformaciones, cuando el
país se debatía en la confrontación y la crisis azuzados por el clero y los
militares, proliferaron los levantamientos y los planes rogándole a Santa Anna
que tomara posesión de su cargo, echara del poder a su vicepresidente y salvara
al país de sus leyes “satánicas”. En ese marco, al fin apareció Santa Anna como
el “gran conciliador”: desconoció todas las determinaciones de Gómez Farías, lo
echó desde luego del cargo y gobernó a partir de entonces de acuerdo con los
conservadores.
De hecho se declaró dictador,
destituyó sin más a la mayoría de los gobernadores y varios ayuntamientos,
suprimió las Cámaras liberales y designó un nuevo Congreso con puros
conservadores que promulgaron una Constitución centralista que sepultó la de
1824.
Los siguientes años tuvimos
elecciones que reelegían a Santa Anna y daban
aliento a su idea de conformar a unos y otros mediante “gobiernos de
coalición”. De este modo mantenía en un puño a todos, tanto a liberales como a
conservadores; de hecho Gómez Farías volvió a ser su vicepresidente en 1847 y hasta
volvió a intentar hacer la
Reforma, infructuosamente. Y así hasta 1853 en que otra vez
apoyado por unos y por otros tuvo el que es quizá el gabinete más emblemático
de las coaliciones gobernantes: de un lado a los liberales radicales Miguel
Lerdo de Tejada y Juan Suárez Navarro y del otro a Lucas Alamán, ideólogo
conservador, y un sacerdote, don Clemente Murguía, obispo de Michoacán,
reconocido por sus posiciones retardatarias extremas.
En realidad Santa Anna hacía
toda esta pantomima para mantener cierta estabilidad, pero acababa siempre por
favorecer a los conservadores.
Curiosamente fue Santa Anna
quien inauguró los plebiscitos y los referéndums, obviamente hechos a modo para
ganarlos siempre. Así, en 1854 se autodesignó facultades de dictador, se
autonombró “Alteza Serenísima” y para perpetuarse dispuso que se sometiera a
votación sus facultades extraordinarias. La verdad es que sólo quería detectar
a sus enemigos, porque se votaba en un libro poniendo el nombre.
Ganó Santa Anna en la Ciudad de México por 12,452
votos contra uno., en Veracruz sin un sólo voto en contra y en Oaxaca sólo con
2 en contra, uno de los cuales era de Porfirio Díaz, y así en todo el país.
Y a aquellos que votaron por
Juan Alvarez, los declaró conspiradores y los condenó a prisión.
¡Así se hacían las
elecciones en tiempos de Santa Anna!
Publicado en Unomasuno el 1 de mayo de 2012.
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