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Paralelismos entre la campaña de 1952 y la de ahora. El estilo del viejo PRI. |
Entramos a la recta final de
la campaña con dos contendientes claros: AMLO y Enrique Peña, y como resultado
de esto con todos los signos de riesgo frente al más que cantado empeño del grupo
en el poder por manipular una vez más los resultados electorales.
No son exageraciones y mucho
menos estrategia de amenaza como advierten, para vacunarse, los voceros del
PRIAN. El riesgo es real y las señales son obvias. La disparidad en las cifras
de las encuestas, la intromisión cada vez más abierta del gobierno federal, la
guerra sucia de spots y declaraciones, mientras el PRI, realmente desesperado,
hace suyo el discurso calderonista del 2006 y no titubean en llamar a AMLO, otra
vez, “un peligro para México”. Esto por no hablar de las denuncias diversas que
organizaciones ciudadanas han venido presentando sobre anomalías en la preparación
de las elecciones.
Todo
lo cual nos obliga a recurrir a
la historia. Porque la historia enseña. Y para eso justamente sirve, para
aprender de ella y para evitar repetir los errores.
No es esta la primera vez
que el país se encuentra en una situación similar.
Ya hemos hablado de las
elecciones de 1952. Miguel Henríquez Guzmán, cobijado en la primera coalición
de fuerzas progresistas enfrentó al candidato del sistema, al candidato del PRI,
y avanzaba en la aceptación popular.
Fue
una campaña a contracorriente. El mundo a revés en pleno. Pero aún así, con
todo en contra, el triunfo del candidato de la izquierda aparecía cada vez como
más posible. La táctica del gobierno y su partido fue preparar el fraude, y al
parejo de esto ir creando el clima y el marco para poder hacerlo.
Así
pues, para espantar al electorado se empezó por acusar a Henríquez de ser un
émulo de Batista -el Chávez de aquellos años-, un comunista embozado, dictador
en ciernes rodeado de radicales que iban a poner en riesgo la economía y la
estabilidad del país.
Luego,
como Henríquez convocaba cada vez a mayor número de ciudadanos en sus mítines
sin necesidad de acarreos ni grandes recursos, el silencio de los medios y la
propaganda interesada trató de minimizar o de plano desacreditar todos los
logros de la campaña.
Algo
que inquietaba a los priístas era la amistad y alianza que unía a Henríquez con
Lázaro Cárdenas e hicieron todo con tal de minarla. Como de entrada se planteó
la unidad de todas las fuerzas progresistas en torno a Henríquez, se empeñaron
en mostrar la imagen de una izquierda dividida, confrontada, que abandonaba a
su abanderado. Utilizando la figura de Cárdenas, como hoy se hace con Cuauhtémoc
su hijo y con Marcelo Ebrard, regaron por todos lados el rumor de que el ex
presidente en realidad no apoyaba la candidatura de Henríquez y hasta usaron
sus declaraciones para legitimar el fraude; pero además, subrepticiamente,
cooptaron a la otra gran figura de la izquierda, a Vicente Lombardo, y
empezaron a operar con su apoyo. El caso era generar confusión entre la base
henriquista, al tiempo que allanaban el camino de la futura negociación con los
“sensatos”.
Lo
siguiente fue convertir a los henriquistas en los “perros del mal”,
presentarlos como intolerantes, acusarlos del violentos y, claro, de estar
preparando un estallido armado ante lo “inevitable” de su derrota. Y como ni
así hacían mella en el ánimo popular, recurrieron al expediente de la victimización.
Un
hecho insólito ocurrió en el mes de marzo de 1952, durante un mitin en Tacuba. Fue interrumpido por un grupo de
priístas, pistola en mano, que llegaron agrediendo a los henriquistas y mataron
a uno. Los priístas armaron un escándalo. Aseguraron que los agresores habían
sido los oposicionistas y no sólo eso sino que se robaron el cadáver de la
víctima, dijeron que era militante del PRI y acusaron a un henriquista del
crimen. Los verdaderos asesinos jamás fueron molestados, y en cambio el
incidente sirvió de pretexto para inundar materialmente la prensa, en los
últimos días de la campaña, con acusaciones muy severas acerca del carácter “subversivo”
de Henríquez y sus seguidores.
Nada era casual. Todo estaba
perfectamente calculado. Presentando una imagen de la oposición recurriendo a
la violencia como su último recurso reforzaban en realidad la percepción de su
“derrota” inminente, y de paso la descalificaban de antemano ante cualquier
posibilidad de protesta.
Miguel Alemán, el presidente
en ese tiempo, reclamó de los henriquistas y de su candidato “respeto a la
ley”, el compromiso de acatar los resultados, sea cuales fueran. Sin embargo,
todo el aparato estaba armado para que la calificación de la elección la
hicieran incondicionales de Alemán y militantes del PRI.
La guerra sucia arreció. Henríquez
era presentado como un auténtico peligro, no sólo para el país sino para todo
el continente. Se decía que estaba preparando una “revolución” y que usaba
cuantiosos recursos ilegales para armar su reclamo post-electoral.
Secretamente, Alemán había
tendido sus hilos. Auxiliado por el ex presidente Manuel Avila Camacho operó la
negociación que asegurara la gobernabilidad una vez consumado el fraude. Para
sembrar la duda en la oposición se decía que Cárdenas en realidad ya estaba
preparándose para la derrota de su amigo. Gonzalo N. Santos cuenta en sus
memorias cómo fue que se arregló una especie de “gobierno de coalición” con
miembros de todos los grupos políticos significativos de aquel entonces,
incluida el ala cardenista hasta entonces marginada.
Ignorante de todas esas
cosas, o más bien, haciendo oídos sordos a todas las advertencias, llegó
Henríquez al final de su campaña política.
El desenlace de aquellas
elecciones fue, efectivamente, el fraude electoral.
Hay elementos fundados que
permiten suponer que el triunfador fue Henríquez. Sólo que como en los hechos
funcionó la operación gubernamental para inmovilizar al henriquismo, la
imposición se pudo consumar. A los reclamos se respondió con represión, hubo
muertos, y unas declaraciones de Cárdenas fueron la puntilla: urgió a su amigo
a reconocer los resultados y desautorizó cualquier intento de protesta llamando
a la unidad nacional.
Cárdenas diría posteriormente
que él jamás dio esas declaraciones pero el hecho fue que no lo aclaró
públicamente y sirvieron como un detonante para dividir a la izquierda: los “sensatos”
o pragmáticos se alinearon al gobierno y dejaron sólo a Henríquez. Cuando en
1957 quiso volver a ser candidato, de plano le cerraron el paso. Mientras la izquierda
Light de entonces, la izquierda moderada, a modo del sistema, se prestaba a la
farsa de la “unidad nacional” a cambio de una tajada del pastel oficial.
Esto es lo que consigna la
historia. Y efectivamente ya vemos que no es esta la primera vez que el país
vive una elección como la de este año. Pero hay diferencias.
Para empezar hoy ya se
asume, al margen de la propaganda, que nuestra democracia está por hacerse. Y
existe una ciudadanía consciente pero además actuante, organizada como nunca
antes, que se ocupa no solamente en contrarrestar la “guerra sucia” y acudir a
las urnas sino que está lista para cuidar su conteo y evidenciar todas las
anomalías que se den antes y durante la jornada del 1 de julio. Algo que no se
pudo hacer en 1952. Ni siquiera en 2006.
Queda claro que sería
inadmisible un “pacto de civilidad” de aval electoral que sólo incluya la obligación
de acatar los resultados si no se asume también el compromiso de que no metan
la mano en el proceso el gobierno federal ni los estatales, de que no se
coaccione el voto y de la comprobable imparcialidad en el conteo rápido, entre
otras condiciones de confianza elemental.
Si acaso queda pendiente
evitar la percepción de una izquierda dividida, por lo que es de esperarse la
presencia de Marcelo Ebrard, Cuauhtémoc Cárdenas y todos aquellos comprometidos
con la unidad, reforzando los últimos mítines de la campaña de AMLO y evitando
declaraciones o posturas equívocas que pudieran prestarse a la idea de que hay
una parte de la izquierda lista para reconocer el fraude.
Este país no aguanta una
elección fraudulenta más, pero no podemos esperar que no lo van a intentar otra
vez. Por eso es necesario que actuemos todos como avales de lo que va a pasar
el 1 de julio.
Por primera vez en la
historia tenemos la oportunidad de hacer realidad la democracia y cambiar a
México en paz y sin violencia. Dejar atrás al fin, la jettatura de las
elecciones cuestionadas.
Publicado en Unomasuno el 19 de junio de 2012.
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